miércoles, 15 de agosto de 2012

Debatir sobre la técnica en psicoanalisis. por Estela Maidac


Debatir sobre la técnica en psicoanálisis



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Una característica de la Modernidad es la producción en serie incluida la visión del ser humano objeto de clasificaciones científicas. 

Freud, hace una doble ruptura, la primera  dividiendo al sujeto con la invención del inconciente y su lógica que como consecuencia desbancó la hegemonía de la Razón ligada a la conciencia y al sujeto racional dueño de sus actos nacido en dicha era.

La segunda consecuencia fue la ruptura de la producción en serie proponiendo un modo de tratar el padecimiento humano que apunte a la singularidad. Al transmitir su clínica dio cuenta de la particular historia de cada sujeto en transferencia, condición necesaria para la cura.

Que sus casos fueran leídos como novelas habla de que la verdad tiene estructura de ficción. Esto sorprendía y casi molestaba a su espíritu científico aunque también sabía que la ciencia no alcanzaba para aprehender la esencia humana y aconsejaba a los analistas a investigar mitos, religiones y literatura.

En su texto Más allá del principio del placer da un salto en la teoría y plantea a la repetición como esencial al funcionamiento psíquico. No todo era Vorstellung repräsentanz, o sea cadena significante, nombre que le da Lacan a las representaciones freudianas sino que opera un núcleo oscuro que ya en el Proyecto de una psicología para neurólogos nombraba como la Cosa, das Ding,  perdida desde los comienzos aunque nunca tenida, del orden de lo éxtimo pero que continúa produciendo efectos.

El real psicoanalítico no es el real de la ciencia, es el real anudado a lo sexual.

Nuestra práctica y reitero, nuestra práctica solo es tal, en transferencia aunque tanto Freud como Lacan teorizan pensando en la ciencia y el segundo la define como una ciencia conjetural. 

Con respecto al tema que voy a proponer en este trabajo tengo por interlocutor al libro de Ricardo Diaz Romero: La pregunta por la técnica con quien coincido en su planteo del analista como el technítes griego. El tema se ma ocurrió como  producto del trabajo realizado con Nora Trosman de la conferencia de Heidegger: La pregunta por la técnica.

Lacan no fue ajeno a la obra del filósofo, tampoco a su persona a quien visitó al final de sus vidas.

Para retomar adonde va a poner Lacan el acento sobre el viraje que hace Freud, dice al comienzo de su primer seminario: “Osó atribuir importancia a lo que le ocurría a él, a las antinomias de su infancia, a sus trastornos neuróticos, a sus sueños. Por ello es para nosotros un hombre situado como todos en medio de todas las contingencias: la muerte, la mujer, el padre”. (1) Nada más alejado de una posición cientificista de exclusión del sujeto. Pero también propone la vuelta a Freud leída desde la teoría del significante saussureana subvertida de forma tal que da un axioma fundamental para el psicoanálisis: “el significante es lo que representa al sujeto para otro significante”.  Con él vuelve a poner en su lugar al lenguaje en psicoanálisis y al significante como el productor del sujeto del inconciente carente de toda sustancia.

Más adelante nos propone situar al sujeto en los efectos del discurso que no es el lenguaje en general ya que es inabordable. Articulación significante que produce un saber no sabido y un sujeto efecto de que hay un decir.

Privilegio del decir sobre el hablar por eso llega  a hablar de un discurso sin palabras.

Si el psicoanálisis es una ética del deseo, en tanto praxis, necesita estar asentada en las tres patas
necesarias según, su fundador: el propio análisis, la práctica del control o supervisiones y el estudio de la teoría.

Tanto Freud como Lacan ponen el acento en la dirección de la cura y no del paciente, cura en la que se  producen el inconciente y el analista. En el 75 Lacan dijo “Nunca hablé de formación del analista, hablé de formaciones del inconciente” (2) esto quiere decir que no es a la manera de la formación estándar de las profesiones como se hace un analista ya que no es una profesión sino una práctica de discurso.

En el seminario de la angustia, el encuentro del 27 de febrero de l963, Granoff a pedido de Lacan hace una exposición de varios autores sobre la contratransferencia.(3)

Este supuesto “concepto técnico” puede llevar a dos vías opuestas.

El de Barbara Low quien goza de la predilección de Lacan. Plantea que hay ciertas satisfacciones que recibe el analista como respuesta al daño, consecuencia de tres privaciones: inhibición del placer narcisista, inhibición de la certeza dogmática en la esfera intelectual y la más difícil de soportar, penosas modificaciones a nivel del superyo del analista. Dichas satisfacciones están a nivel del resorte creador de la actividad artística cosa que no pasa en otras actividades salvo, dice, en el “entertainement”, o sea, el espectáculo. Hace una relación entre el analista y el artista a nivel de la satisfacción recibida en la tarea.

En el otro extremo, siempre siguiendo la ponencia de Granoff está Zsasz cuya preocupación política radica en el poder que ejerce el analista. Para él todo estriba en que el poder sea legítimo y para esto tiene que tener rigor científico, esto es términos exactos. Propone para el análisis el modelo del ajedrez en las que ambos deben atenerse a las reglas. Para quienes no tengan un yo lo suficientemente fuerte como para jugar dentro de las reglas quedaban fuera del análisis y podían recibir psicoterapias.

Desemboca en la ego-psychology. Es claro el ejercicio del poder que ejerce el analista cuando su eficacia en la transferencia es precisamente por no utilizarlo.

Ante tanto cientificismo, ¿adónde quedaron los sueños y los actos fallidos?

Freud ofrecía en los análisis pasar del sufrimiento neurótico al sufrimiento corriente. Esto no era una promesa de felicidad o de no sufrimiento, ideal que suele portar aquel que busca un análisis.

Lacan más crítico del capitalismo ya que pudo ver más que Freud  sus efectos nos propone, en su seminario sobre la ética, no ser garantes del ensueño burgués que asienta la felicidad en el tener y puede transformarnos de consumidores en consumidos. Lo vemos en la clínica de las adicciones.

Intenta una formalización de su discurso y es tajante cuando dice: “El ordenamiento del servicio de los bienes en el plano universal, no resuelve el problema de la relación actual de cada hombre en ese corto tiempo entre su nacimiento y su muerte, con su propio deseo” (4)

La vía de los bienes esta en disyunción con la del deseo. Es más, el ordenamiento de los bienes produce segregación: tener piel oscura, vivir en una villa por ejemplo, son motivo para ser blanco de acusaciones.

El saber técnico se pone al servicio del ordenamiento social.

El campo de concentración es producto del positivismo científico que cataloga como peligroso al diferente.

“La pregunta más correcta, dice Giorgio Agamben en su libro Homo Sacer, con respecto a los horrores del campo, no es la que inquiere hipócritamente cómo fueron posibles…sino indagar atentamente los procedimientos jurídicos y los dispositivos políticos que hicieron posible llegar a privar completamente de sus derechos hasta el punto de llegar a realizar cualquier tipo de acción y no se considerara un delito.”(5)

Una consecuencia de la transformación del capitalismo en financiero y no productivo de la mano del avance tecnológico es que casi no se necesita mano de obra y los sujetos pasan a ser desechos del sistema

El positivismo científico busca que todo funcione excluyendo la verdad del sujeto.

El psicoanálisis, por el contrario, interviene en las fisuras del lenguaje desde una lógica del no todo porque se interesa por el sufrimiento subjetivo que entraña alguna verdad.

Lacan, en el seminario de la ética en relación a nuestra técnica dice que la pregunta por el cómo hacer puede engendrar impaciencia porque su promesa es que muchas cosas deben resolverse. “Pues bien, dice, muchas cosas, pero no todo. Y en esto, ella nos coloca a la espera de lo que puede presentarse como un impasse, incluso como un desgarro, no tenemos forzosamente porque desviar de ello nuestra mirada, aún cuando este fuese todo el resultado de nuestra acción.” (4)

El miércoles 18 de nov. del año 1953 Lacan da su primer seminario al que llamó Los escritos técnicos de Freud. (1) No fue Freud quien les puso “escritos técnicos” sino Strachey al hacer la compilación de la obra.

Ese mismo día de noviembre del 53 Heidegger da su conferencia: La pregunta por la técnica. Coincidencia que nos habla del horizonte ontológico de la época.

En el año 51 Lacan consigue que Heidegger le escriba para el primer número de la revista Psychanaliyse el artículo que titula Logos y en el que se ocupa de la relación de los griegos con el lenguaje. Lacan fue el traductor de dicho artículo. En ese mismo año que en su seminario se dedicó al Parménides habló en contra del psicoanálisis y de la lógica por ser el pensar sobre el pensar propio de Occidente y que llevaba a la logística como la mayor especialización científica. Sin embargo, en Létourdit Lacan va a nombrar su relación con el filósofo en términos de fraternidad.

Para el tema de la técnica Heidegger va a rescatar de los griegos: la Tecné. Sin traducir  las palabras griegas para no desvirtuarlas y achatarles como dice que hicieron los romanos. Plantea que se entiende por técnica un medio para fines o un hacer. Definición instrumental aplicable a la técnica moderna diferente a la artesanal. 

Va a diferenciar la técnica de la esencia de la misma que no implica sustancia alguna y no es accesible por la experiencia, por la práctica o por la representación.

Respecto de los objetos técnicos, gadgets los llama Lacan, Heidegger en su texto Serenidad de 1955 va a proponer “servirnos de los aparatos técnicos y no caer en una relación de servidumbre. “Podemos decir “sí” al inevitable uso de los objetos técnicos y podemos a la vez decirles “no” en la medida que rehusamos que nos requieran de modo tan exclusivo que dobleguen, confundan y finalmente, devasten nuestra esencia.” A esta actitud la lama “serenidad” (Gelassinheit).

No es precisamente esta la actitud que encontramos en las llamadas patologías de la época o clínica de las adicciones y que podemos pensarlas como respuestas al discurso capitalista que impele a consumir.

El problema que clasificarlos con generalizaciones como hacen los DSM lleva a etiquetas yoicas que desresponzabilizan y desabonan del inconciente.

Un joven adicto no pasó a ser un analizante. No pudo preguntarse qué de él lo llevaba. En cambio, repetía en cada sesión: “La moto me lleva sola a comprar las pastillas”.

Un jugador que está en análisis tenía una máxima que tomó de los grupos de “Jugadores anónimos”: “Yo siempre voy a ser jugador aunque no juegue”. Está empezando a hacer desconsistir a ese su “ser jugador” y empezó a no saber quién es y a preguntarse qué lo llevaba al Bingo en vez de ir a estar con sus hijos. Llegó hasta a hipotecar la casa.

Volviendo a la Tecné griega no se trata de ninguna realización práctica sino de un modo de saber. Ocultamiento-desocultamiento en Banda de Moebius.

Aleteia fue mal traducida por verdad. Está más cerca de esas medias verdades que juegan a ocultar, desocultando o desocultar, ocultando en la dirección de la cura.

La carta que se pone a la vista para ocultarla.

Dice Heidegger: “La técnica no es un mero medio, es un modo de salir de lo oculto…la técnica moderna es una provocación que pone ante la Naturaleza la exigencia de suministrar energía para almacenarlas. Hasta la agricultura es ahora industria mecanizada de la alimentación.”

O sea que la manera en que el ser se presenta en la técnica moderna es en su máximo ocultamiento ya que se hace la máxima exaltación del ente. *

Hoy se nos presentan en la clínica situaciones impensables en la época de Freud: fecundaciones in Vitro, congelación de óvulos o espermatozoides, cambios de sexos por intervenciones quirúrgicas, cirugías de todo tipo y parentalidades del mismo sexo. Nuestra escucha apunta a cómo se las arreglan los sujetos con su goce y la dirección de la cura a que se hagan responsables del mismo.

Freud, en sus Consejos al médico plantea que la técnica podía adaptarse a cada analista. Justamente por esto no habló de escritos técnicos.

Entonces, reitero para Freud tan preocupado por fundar una ciencia, la técnica no era fundamental y era adaptable a cada analista.

Lo incuestionable eran: el pedido de asociación libre al analizante y del lado del analista: la atención flotante y la abstinencia.

Lacan va a criticar duramente la utilización de la técnica que hicieron los posfreudianos en tanto reglas a transmitir en los análisis didácticos y confundir la resistencia del discurso con que es el analizante el que se “se resiste a”.

La resistencia es del discurso y justamente es en esos puntos: lapsus, olvidos, donde se puede escuchar al significante. Por eso planteó que la resistencia es también del analista cuando no puede escuchar el discurso del analizante.

Los significantes son los que se leen en lo que se escucha en el decir de cada analizante.







*Nota: Andrés Carrasco, embriólogo del CONICET que está estudiando el efecto de los agroquímicos especialmente el glisfosfato en malformaciones y leucemias, entre otras, dice: “La ciencia dejó de estar al servicio de la humanidad para estar al servicio de los intereses. Las grandes instituciones académicas están muy comprometidos con los grandes concentrados  de capital que les demandan generar mercancías.”.

Podríamos agregar: las prepagas con los laboratorios.













En el seminario I,  Lacan recuerda de la técnica zen el maestro hace intervenciones que no son cualquier cosa porque: “El maestro no enseña ex cátedra una ciencia ya constituída, da la respuesta cuando los alumnos están a punto de encontrarla. A los alumnos les toca buscar la respuesta a sus propias preguntas.”

Estas preguntas para nosotros, analistas, tienen un nombre: síntomas a ser  trabajados en transferencia o creados si no vienen como extrañas incomodidades que el sujeto aparentemente quiere sacarse de encima.

Como consecuencia del trabajo analítico poder decir no a que el síntoma maneje al sujeto y decir sí a saber arreglárselas con él sabiendo también que hay un punto irreductible.

Ricardo Diaz Romero en su libro La pregunta por la técnica del psicoanálisis plantea la misma comparación de la técnica con la tecné griega que se me ocurrió al leer la conferencia de Heideguer y también que en el 53 Lacan decía que “el único modo legítimo de hablar de técnica del psicoanálisis era desplegar la estructura subjetiva, desplegar la estructura de la situación analítica y luego superponerlas, para así encontrarnos con los lugares que serán ofrecidos al analista en la transferencia, los lugares desde donde llegará su acción, las posiciones hacia las que estará dirigido el decir del analizante. Es a partir de esto que se podrá escribir los distintos tipos de intervenciones del analista en el curso de la cura.”

Coincidiendo en parte con la concepción de la tecné griega, la técnica no es una herramienta utilizada por el analista sino creada en transferencia en la que el analista es parte del “concepto”  de inconciente y del discurso analítico.

La técnica no puede pensarse por fuera del deseo del analista y de su acto, acto analítico que se da en el entramado de las intervenciones en lo imaginario, lo real y lo simbólico.

En una presencia del analista que consistiría en un estar-sin-ser interviniendo desde el deseo de analista, intervenciones que no valen sino, en cada sesión y momento de la misma y con cada paciente por eso no somos profesionales que intervenimos desde el saber.

Para concluir diría que tenemos que interrogarnos si podemos llamar  “técnica” a la analítica ya que aborda lo que no anda, lo sintomático,  no para hacerlo andar taponando agujeros a la manera del recurso perverso sino que en transferencia, encontrarse con ese punto de desamparo estructural para, desde la castración del Otro poder hacer el pasaje del síntoma, como solución de compromiso, al sinthome como suplencia mediante la inscripción de la imposibilidad y  ya no de la impotencia neurótica .

Es porque no hay relación sexual que los hablantes necesitamos suplencia.



Estela Maidac

miércoles, 18 de julio de 2012

Elogio de la profanacion (Giorgio Agamben)

ELOGIO DE LA PROFANACIÓN 
Giorgio Agamben

Los juristas romanos sabían perfectamente qué significaba "profanar". Sagradas o religiosas eran las cosas que pertenecían de algún modo a los dioses. Como tales, ellas eran sustraídas
al libre uso y al comercio de los hombres, no podían ser vendidas ni dadas en préstamo, cedidas en usufructo ogravadas de servidumbre. Sacrílego era todo acto que violara o infringiera esta especial indisponibilidad, que las reservabaexclusivamente a los dioses celestes (y entonces eran llamadas propiamente "sagradas") o infernales (en este caso, se las llamaba simplemente "religiosas"). Y si consagrar (sacrare) era el término que designaba la salida de las cosas de la esfera del derecho humano, profanar significaba por el contrario restituirlos al libre uso de los hombres. "Profano ,-escribe el gran jurista Trebacio- se dice en sentido propio de aquello que,
habiendo sido sagrado o religioso, es restituido al uso y a la propiedad de los hombres". Y "puro" era el lugar que había sido desligado de su destinación a los dioses de los muertos, y
por lo tanto ya no era más "ni sagrado, ni santo, ni religioso, liberado de todos los nombres de este género" (D. 11,7,2). Pura, profana, libre de los nombres sagrados es la cosa restituida
al uso común de los hombres. Pero el uso no aparece aquí como algo natural: a él se accede solamente a través de una profanación. Entre "usar" y "profanar" parece haber una
relación particular, que es preciso poner en claro.

Es posible definir la religión como aquello que sustrae cosas, lugares, animales o personas del uso común y los transfiere a una esfera separada. No sólo no hay religión sin separación,
sino que toda separación contiene o conserva en sí un núcleo auténticamente religioso. El dispositivo que realiza y regula la separación es el sacrificio: a través de una serie de rituales minuciosos, según la variedad de las culturas, que Hubert y Mauss han pacientemente inventariado, el sacrificio sanciona el pasaje de algo que pertenece al ámbito de lo profano al ámbito de lo sagrado, de la esfera humana a la divina. En este pasaje es esencial la
cesura que divide las dos esferas, el umbral que la víctima tiene que atravesar, no importa si en un sentido o en el otro. Lo que ha sido ritualmente separado, puede ser restituido por
el rito a la esfera profana. Una de las formas más simples de profanación se realiza así por contacto (contagione) en el mismo sacrificio que obra y regula el pasaje de la víctima de la
esfera humana a la esfera divina. Una parte de la víctima (las vísceras, exta(1)(el hígado, el corazón, la vesícula biliar, los pulmones) es reservada a los dioses, mientras que lo que queda
puede ser consumido por los hombres. Es suficiente que los que participan en el rito toquen estas carnes para que ellas se conviertan en profanas y puedan simplemente ser comidas.
Hay un contagio profano, un tocar que desencanta y restituye al uso lo que lo sagrado había separado y petrificado.

El término religio no deriva, según una etimología tan insípida como inexacta, de religare (lo que liga y une lo humano y lo divino), sino de relegere, que indica la actitud de escrúpulo y de atención que debe imprimirse a las relaciones con los dioses, la inquieta vacilación (el "releer")(2) ante las formas -las fórmulas- que es preciso observar para respetar la separación entre lo sagrado y lo profano. Religio no es lo que une a los hombres y a los dioses, sino lo que vela para mantenerlos separados, distintos unos de otros. A la religión no se oponen, por lo tanto, la incredulidad y la indiferencia respecto de lo divino sino la "negligencia", es decir una actitud libre y "distraída' -esto es, desligada de la religio de las normas- frente a las cosas y a su uso, a las formas de la separación y a su sentido. Profanar significa abrir la posibilidad de una forma especial de negligencia, que ignora la separacióno, sobre todo, hace de ella un uso particular.

El pasaje de lo sagrado a lo profano puede, de hecho, darse también a través de un uso (o, más bien, un reuso) completamente incongruente de lo sagrado. Se trata del juego. Es sabido que la esfera de lo sagrado y la esfera del juego están estrechamente conectadas. La mayor parte de los juegos que conocemos deriva de antiguas ceremonias sagradas, de rituales y de prácticas adivinatorias que pertenecían tiempo atrás a la esfera estrictamente religiosa.
La ronda fue en su origen un rito matrimonial; jugar con la pelota reproduce la lucha de
los dioses por la posesión del sol; los juegos de azar derivan de prácticas oraculares; el trompo y el tablero de ajedrez eran instrumentos de adivinación. Analizando esta relación entre
juego y rito, Emile Benveniste ha mostrado que el juego no sólo proviene de la esfera de lo sagrado, sino que representa de algún modo su inversión. La potencia del acto sagrado escribe
Benvenist<>- reside en la conjunción del mito que cuenta la historia y del rito que la reproduce y la pone en escena. El juego rompe esta unidad: como ludus, o juego de acción, deja caer el mito y conserva el rirual; como jocus, o juego de palabras, elimina el rito y deja sobrevivir el mito. "Si lo sagrado se puede definir a través de la unidad consustancial del mito y el rito, podremos decir que se tiene juego cuando solamente una mitad de la operación sagrada es consumada, traduciendo sólo el mito en palabras y sólo el rito en acciones."Esto significa que el juego libera y aparta a la humanidad de la esfera de lo sagrado, pero sin abolirla simplemente. El uso al cual es restituido lo sagrado es un uso especial, que no coincide con el consumo utilitario. La "profanación" del juego no atañe, en efecto, sólo a la esfera religiosa. Los niños, que juegan con cualquier trasto viejo que encuentran, transforman en juguete aun aquello que pertenece a la esfera de la economía, de la guerra, del derecho y de las otras actividades que estamos acostumbrados a considerar como serias. Un automóvil, un arma de fuego, un contrato jurídico se transforman de golpe en juguetes. Lo que tienen en común estos casos con los casos de profanación de lo sagrado es el pasaje de una religio, que es sentida ya como falsa y opresiva, a la negligencia como verdadera religio. y esto no significa descuido (no
hay atención que se compare con la del niño mientras juega), sino una nueva dimensión del uso, que niños y filósofos entregan a la humanidad. Se trata de un tipo de uso como el que debía tener en mente Walter Benjamin, cuando escribió, en El nuevo abogado, que el derecho nunca aplicado, sino solamente estudiado es la puerta de la justicia. Así como la religio no ya observada, sino jugada abre la puerta del uso, las potencias de la economía, del derecho y de la política desactivadas en el juego se convierten en la puerta de una nueva felicidad.

El juego como órgano de la profanación está en decadencia en todas partes. Que el hombre moderno ya no sabe jugar más lo prueba precisamente la multiplicación vertiginosa de
juegos nuevos y viejos. En el juego, en los bailes y en las fiestas el hombre busca, de hecho, desesperada y obstinadamente, justo lo contrario de lo que podría encontrar: la posibilidad
de volver a acceder a la fiesta perdida, un retorno a lo sagrado y a sus ritos, aunque sea en la forma de las insulsas ceremonias de la nueva religión espectacular o de una lección de tango
en un salón de provincia. En este sentido, los juegos televisivos de masas forman parte de una nueva liturgia, secularizan una intención inconscientemente religiosa. Restituir el juego
a su vocación puramente profana es una tarea política. Es preciso distinguir, en este sentido, entre secularización y profanación. La secularización es una forma de remoción que
deja intactas las fuerzas, limitándose a desplazarlas de un lugar a otro. Así, la secularización política de conceptos teológicos (la trascendencia de Dios como paradigma del poder soberano)
no hace otra cosa que trasladar la monarquía celeste en monarquía terrenal, pero deja intacto el poder. La profanación implica, en cambio, una neutralización de aquello que profana. Una vez profanado, lo que era indisponible y separado pierde su aura y es restituido al uso. Ambas son operaciones políticas: pero la primera tiene que ver con el ejercicio del poder, garantizándolo mediante la referencia a un modelo sagrado; la segunda, desactiva los dispositivos del poder y restituye al uso común los espacios que el poder había confiscado.

Los filólogos no cesan de sorprenderse del doble, contradictorio significado que el verbo profanare parece tener en latín: por una parte, hacer profano; por otro -en una acepción utilizada en muy pocos casos-, sacrificar. Se trata de una ambigüedad que parece pertenecer al vocabulario de lo sagrado como tal: el adjetivo sacer, en un contrasentido que ya Freud había notado, significaría así tanto "augusto, consagrado a los dioses" como "maldito, excluido de la comunidad". La ambigüedad, que está aquí en cuestión, no se debe solamente a un equívoco sino que es, por así decir, constitutiva de la operación profanatoria (o de aquella,
inversa, de la consagración). En cuanto se refieren a un mismo objeto, que debe
pasar de lo profano a lo sagrado y de lo sagrado a lo profano, ellas deben tener en cuenta siempre algo así como un residuo de profanidad en roda cosa consagrada y un residuo de sacralidad presente en todo objeto profanado. Veamos el  término sacer. Él designa aquello que, a través del acto solemne de la sacratio o de la devotio (con el cual el comandante consagra su vida a los dioses infernales para asegurarse la victoria) ha sido consignado a los dioses, pertenece exclusivamente a ellos. Y sin embargo, en la expresión homo sacer, e! adjetivo parece designar a un individuo que, habiendo sido excluido de la comunidad, puede ser matado impunemente, pero no puede ser sacrificado a los dioses. ¿Qué es lo que ha sucedido aquí? Que un hombre sagrado, es decir, que pertenece a los dioses, ha sobrevivido al rito que lo ha
separado de los hombres y sigue llevando una existencia aparentemente profana entre ellos. En el mundo profano, a su cuerpo es inherente un residuo irreductible de sacralidad, que lo sustrae al comercio normal con sus pares y lo expone a la posibilidad de una muerte violenta, la cual lo restituye a los dioses a los que en verdad pertenece. Considerado, en cambio, en la esfera divina, él no puede ser sacrificado y está excluido del culto, porque su vida es ya propiedad de los dioses y sin embargo, en la medida en que sobrevive, por así decir, a sí misma, ella introduce un resto incongruente de profanidad en el ámbito de lo sagrado. Sagrado y profano representan,
así, en la máquina del sacrificio, un sistema de dos polos, en los cuales un significante flotante transita de un ámbito al otro sin dejar de referirse al mismo objeto. Pero es precisamente de este modo que la máquina puede asegurarse la repartición del uso entre los humanos y los divinos, y restituir eventualmente a los hombres aquello que había sido consagrado a los dioses. De aquí la promiscuidad entre las dos operaciones en el sacrificio romano, en el cual una parte de la propia
víctima consagrada es profanada por contagio y consumida por los hombres, mientras que otra es asignada a los dioses.

Desde esta perspectiva se vuelven quizá más comprensibles la cura obsesiva y la implacable seriedad de las cuales debían dar prueba, en la religión cristiana, teólogos, pontífices y emperadores para asegurarse en la medida de lo posible la coherencia y la inteligibilidad de la noción de transustanciación en el sacrificio de la misa y de encamación y homousla en el dogma trinitario. Estaba en juego nada menos que la supervivencia de un sistema religioso que había involucrado al propio Dios como víctima en el sacrificio y, de este modo, había introducido en él esa separación que, en el paganismo, tenía que ver solamente con las cosas humanas. Se trataba, así, de hacer frente, a través de la presencia contemporánea de dos naturalezas en una única persona o en una única víctima, a la confusión entre divino y
humano que amenazaba con paralizar la máquina sacrificial del cristianismo. La doctrina de la encarnación garantizaba que la naturaleza divina y la humana estuvieran presentes sin
ambigüedad en la misma persona, así como la transustanciación aseguraba que las especies del pan y del vino se transformaran sin residuos en el cuerpo de Cristo. Resulta de esto que, en el cristianismo, con el ingreso de Dios como  víctima en el sacrificio y con la fuerte presencia de tendencias mesiánicas que ponían en crisis la distinción entre lo sacro y lo profano, la máquina religiosa parece alcanzar un punto limite o una zona de indecibilidad, en la cual la esfera
divina está siempre en acto de colapsar en la humana y el hombre traspasa ya siempre en lo divino.

El capitalismo como religión es el título de uno de los más penetrantes fragmentos póstumos de Benjamin. Según Benjamin, el capitalismo no representa sólo, como en Weber, una secularización de la fe protestante, sino que es él mismo esencialmente un fenómeno religioso, que se desarrolla en modo parasitario a partir del cristianismo. Como tal, como religión
de la modernidad, está definido por tres características: 1) Es una religión cultural, quizá la más extrema y absoluta que haya jamás existido. Todo en ella tiene significado sólo en referencia
al cumplimiento de un culto, no respecto de un dogma o de una idea. 2) Este culto es permanente, es "la celebración de un culto sans treve et sans meret' . (3) Los días de fiesta y de vacaciones no interrumpen el culto, sino que lo integran. 3) El culto capitalista no está dirigido a la redención ni a la expiación de una culpa, sino a la culpa misma. "El capitalismo es quizás el único caso de un culto no expiatorio, sino culpabilizante...Una monstruosa conciencia culpable que no conoce redención se transforma en culto, no para expiar en él su culpa,  sino para volverla universal... y para capturar finalmente al propio Dios en la culpa... Dios no ha muerto, sino que ha sido incorporado en el destino del hombre." Precisamente porque tiende con todas sus fuerzas no a la redención, sino a la culpa; no a la esperanza, sino a la desesperación, el capitalismo como religión no mira a la transformacióndel mundo, sino a su destrucción. Y su dominio es en nuestro tiempo de tal modo total, que aun los tres grandes profetas de la modernidad (Nietzsche, Marx y Freud) conspiran, según Benjamin, con él; son solidarios, de alguna manera, con la religión de la desesperación. "Este pasaje del planeta hombre a través de la casa de la desesperación en la absoluta soledad de su recorrido es el éthos que define Nietzsche. Este hombre es el Superhombre, esto es, el primer hombre que comienza conscientemente a realizar la religión capitalista". Pero también la teoría freudiana pertenece al sacerdocio del culto capitalista: "Lo reprimido, la representación pecaminosa...es el capital, sobre el cual el infierno del inconsciente paga los intereses". Y en Marx, el capitalismo "con los intereses simples y compuestos, que son función de la culpa... se transforma inmediatamente en socialismo".

Tratemos de proseguir las reflexiones de Benjamin en la perspectiva que aquí nos interesa. Podremos decir, entonces, que el capitalismo, llevando al extremo una tendencia ya presente
en el cristianismo, generaliza y absolutiza en cada ámbito la estructura de la separación que define la religión. Allí donde el sacrificio señalaba el paso de lo profano a lo sagrado
y de lo sagrado a lo profano, ahora hay un único, multiforme, incesante proceso de separación, que inviste cada cosa, cada lugar, cada actividad humana para dividirla de sí misma y que es completamente indiferente a la cesura sacro/profano, divino/humano. En su forma extrema, la religión capitalista realiza la pura forma de la separación, sin que haya nada que separar. Una profanación absoluta y sin residuos coincide ahora con una consagración igualmente vacua e integral. Y como en la mercancía la separación es inherente a la forma misma del objeto, que se escinde en valor de uso y valor de cambio y se transforma en un fetiche inaprensible, así ahora todo lo que es actuado, producido y vivido –incluso el cuerpo humano, incluso la sexualidad, incluso el lenguaje- son divididos de sí mismos y desplazados en una esfera separada que ya no define alguna división sustancial y en la cual cada uso se vuelve duraderamente imposible. Esta esfera es el consumo. Si, como se ha sugerido, llamamos espectáculo a la fase extrema del capitalismo que estamos viviendo, en la cual cada cosa es exhibida en su separación de sí misma, entonces espectáculo y consumo son las dos caras de una única imposibilidad de usar. Lo que no puede ser usado es, como tal, consignado al consumo o a la exhibición espectacular. Pero eso significa que profanar se ha vuelto imposible (o, al menos, exige procedimientos especiales). Si profanar significa devolver al uso común lo que fue separado en la esfera de lo sagrado, la religión capitalista en su fase extrema apunta a la creación de un absolutamente Improfanable.

El canon teológico del consumo como imposibilidad de uso fue fijado en el siglo XIII por la Curia romana en el contexto del conflicto que la opuso a la orden franciscana. En su reivindicación de la "altísima pobreza", los franciscanos afirmaban la posibilidad de un uso completamente sustraído a la esfera del derecho, que ellos, para distinguirlo del usufructo y de todo otro derecho de uso, llamaron usus jáeti, uso de hecho (o del hecho). Contra ellos, Juan XXII, adversario implacable de la orden, emana su bula Adeonditorem eanonum.
En las cosas que son objeto de consumo, argumenta, como la comida, los vestidos, etcétera, no puede existir un uso distinto de la propiedad, porque él se resuelve integralmente en el acto de su consumo, es decir de su destrucción(abusus). El consumo, que destruye necesariamente la cosa, no es sino la imposibilidad o la negación del uso, que presupone  que la sustancia de la cosa quede intacta (salva rei substantia). Y no sólo eso: un simple uso de hecho, distinguido de la propiedad, no existe en la naturaleza, no es en ningún modo algo que se pueda "tener". "El acto mismo del uso no existe en la naturaleza antes de ejercitarlo, mientras se lo ejercita ni después de haberlo ejercitado. El consumo, en efecto, aun en el acto de su ejercicio, es siempre ya pasado o futuro y, como tal, no se puede decir que exista en la naturaleza, sino sólo
en la memoria o en la expectativa. Por lo tanto no se lo puede tener si no en el instante de su desaparición." De este modo, con una inconsciente profecía, Juan XXII provee e! paradigma de una imposibilidad de usar que debió alcanzar su cumplimiento muchos siglos después, en la sociedad de consumo. Esta obstinada negación de! uso capta, sin embargo, más radicalmente la naturaleza de lo que lo pudieron hacer los que lo reivindicaban dentro del orden franciscano.
Dado que el puro uso aparece, en su argumentación, no tanto como algo inexistente -él existe, de hecho, instantáneamente en el acto del consumo-- sino más bien como algo que no se puede tener jamás, que no puede constituir nunca una propiedad (dominium). El uso es, así, siempre relación con un inapropiable; se refiere a las cosas en cuanto no pueden convertirse en objeto de posesión. Pero, de este modo, el uso también desnuda la verdadera naturaleza de la propiedad, que no es otra que el dispositivo que desplaza el libre uso de los hombres a una esfera separada, en la cual se convierte en derecho. Si hoy los consumidores en las sociedades de masas son infelices, no es solo porque consumen objetos que han incorporado su propia imposibilidad de ser usados, sino también-y sobre todo- porque creen ejercer su derecho de propiedad sobre ellos, porque se han vuelto incapaces de profanarlos.

La imposibilidad de usar tiene su lugar tópico en el Museo. La museificación del mundo es hoy un hecho consumado. Una después de la otra, progresivamente, las potencias espirituales que definían la vida de los hombres -el arte, la religión, la filosofía, la idea de naturaleza, hasta la política se han retirado dócilmente una a una dentro del Museo. Museo no designa aquí un lugar o un espacio físico determinado, sino la dimensión separada en la cual se transfiere aquello que en un momento era percibido como verdadero y decisivo, pero ya no lo es más. El Museo puede coincidir, en este sentido, con una ciudad entera (Evora, Venecia, declaradas por esto patrimonio de la humanidad), con una región (declarada parque u oasis natural) y hasta con un grupo de individuos (en cuanto representan una forma de vida ya desaparecida). Pero, más en general, todo puede convertirse hoy en Museo, porque este término nombra simplemente la exposición de una imposibilidad de usar, de habitar, de hacer experiencia. Por esto, en el Museo, la analogía entre capitalismo y religión se vuelve evidente. El Museo ocupa exactamente el espacio y la función que hace un tiempo estaban reservados al Templo como lugar del sacrificio. A los fieles en el Templo -o a los peregrinos que recorrían la tierra de Templo en Templo, de santuario en santuario- corresponden hoy los turistas, que viajan sin paz en un mundo enajenado en Museo. Pero mientras los fieles y los peregrinos participaban al final de un sacrificio que, separando la víctima de la esfera sagrada, reestablecía las justas relaciones entre lo divino y lo
humano, los turistas celebran sobre su persona un acto sacrificial que consiste en la angustiosa experiencia de la destrucción de todo uso posible. Si los cristianos eran "peregrinos", es decir, extranjeros sobre la tierra, porque sabían que tenían su patria en el cielo, los adeptos del nuevo culto capitalista, no tienen patria alguna, porque viven en la pura forma de la separación. Dondequiera que vayan, ellos encuentran multiplicada y llevada al extremo la misma imposibilidad de habitar que habían conocido en sus casas y en sus ciudades, la misma incapacidad de usar que habían experimentado en los supermercados, en los shoppings y en los
espectáculos televisivos. Por esto, en tanto representa el culto y el altar central de la religión capitalista, el turismo es hoy la primera industria del mundo, que involucra cada año más de 650 millones de hombres. Y nada es tan asombroso como el hecho de que millones de hombres comunes lleguen a vivir en carne propia la experiencia quizá más desesperada que es dada a hacer a todos: la de la pérdida irrevocable de todo uso, de la absoluta imposibilidad de profanar.

Es posible, sin embargo, que lo Improfanable, sobre lo cual se funda la religión capitalista, no sea verdaderamente tal, que se den todavía hoy formas eficaces de profanación. Para esto es preciso recordar que la profanación no restaura simplemente algo así como un uso natural, que preexistía a su separación en la esfera religiosa, económica o jurídica. Su operación --como muestra con claridad el ejemplo del juego es más astuta y compleja, y no se limita a abolir la forma de la separación, para reencontrar, más acá o más allá de ella, un uso incontaminado. También en la naturaleza se dan profanaciones. El gato que juega con el ovillo como si fuera un
ratón -exactamente como el niño juega con antiguos símbolos religiosos o con objetos que pertenecieron a la esfera económica- usa conscientemente en el vado los comportamientos
propios de la actividad predatoria (o, en el caso del niño, del culto religioso o del mundo del trabajo). Estos no son borrados, sino que, gracias a la sustitución del ratón por el ovillo, o del objeto sagrado por el juguete, son desactivados y, de este modo, se los abre a un nuevo, posible uso. Pero, ¿de qué uso se trata? ¿Cuál es, para el gato, el uso posible del ovillo? Éste consiste en liberar un comportamiento de su inscripción genética en una esfera determinada (la actividad predatoria, la caza). El comportamiento así liberado reproduce e incluso imita las formas de la actividad de que se ha emancipado, pero vaciándolas de su sentido y de la relación obligada a un fin, las abre y dispone a un nuevo uso. El juego con el ovillo es la liberación del ratón de su ser
presa y de la actividad predatoria de su necesario estar orientada a la captura y la muerte del ratón: y, sin embargo, pone en escena los mismos comportamientos que definían la caza.
La actividad resultante deviene, así, un medio puro, es decir una praxis que, aun manteniendo tenazmente su naturaleza de medio, se ha emancipado de su relación con un fin, ha olvidado alegremente su objetivo y ahora puede exhibirse como tal, como medio sin fin. La creación de un nuevo uso es, así, posible para el hombre solamente desactivando un viejo uso, volviéndolo inoperante.

La separación se lleva a cabo también, y sobre todo, en la esfera del cuerpo, como represión y separación de determinadas funciones fisiológicas. Una de éstas es la defecación, que, en nuestra sociedad, es aislada y escondida a través de una serie de dispositivos e interdictos (que tienen que ver tanto con los comportamientos como con el lenguaje). ¿Qué querría decir profanar la defecación? No ya reencontrar una pretendida naturalidad, ni simplemente gozar de ello en forma de trasgresión perversa (que es sin embargo mejor que nada). Se trata, en cambio, de alcanzar arqueológicamente la defecación como campo de tensiones polares entre la naturaleza y la cultura, lo privado y lo público, lo singular y lo común. Es decir: aprender un nuevo uso de las heces, como los niños intentaban hacerlo a su manera, antes de que intervinieran la represión y la separación. Las formas de este uso común podrán ser inventadas solamente de manera colectiva. Como hizo notar una vez Italo Calvino, incluso las heces son una producción humana como las otras, sólo que de ellas no se ha hecho nunca una historia. Por eso, cada intento del individuo de profanarlas sólo puede tener valor paródico, como en la escena de la defecación alrededor de una mesa en la película de Buñuel. Las heces -está claro- son aquí solamente un símbolo de aquello que ha sido separado y puede ser restituido al uso
común. ¿Pero es posible una sociedad sin separaciones? La pregunta está, quizá, mal formulada. Ya que profanar no significa simplemente abolir y eliminar las separaciones, sino aprender a hacer de ellas un nuevo uso, a jugar con ellas. La sociedad sin clases no es una sociedad que ha abolido y perdido toda memoria de las diferencias de clase, sino una sociedad que ha sabido desactivar los dispositivos para hacer posible un nuevo uso, para transformarlos en medios puros. Nada es, sin embargo, más frágil y precario que la esfera de los medios puros. Aun el juego, en nuestra sociedad, tiene un carácter episódico, después de! cual la vida normal debe retomar su curso (y el gato, su caza). Y nadie sabe mejor que los niños cuán atroz e inquietante puede ser un juguete, cuando el juego del que formaba parte ha terminado. El instrumento de
liberación se convierte, entonces, en un torpe trozo de madera, la muñeca sobre la cual la niña ha vertido su amor, en un gélido y vergonzoso muñeco de cera, que un mago malvado puede
capturar y hechizar para servirse de él en contra de nosotros.
Este mago malvado es el gran sacerdote de la religión capitalista. Si los dispositivos del culto capitalista son tan eficaces, es porque actúan no sólo, y no tanto, sobre los comportamientos primarios, como sobre los medios puros, es decir sobre comportamientos que le han sido separados de sí mismos y, de este modo, desligados de su relación con un fin. En su fase extrema, el capitalismo no es más que un gigantesco dispositivo de captura de los medios puros, es decir de los comportamientos profanatorios. Los medios puros, que representan la desactivación y la ruptura de cada separación, son a su vez separados en una esfera especial. Un
ejemplo es el lenguaje. Ciertamente, el poder siempre ha tratado de asegurarse el control de la comunicación social, sirviéndose del lenguaje como medio para difundir la propia ideología y para inducir a la obediencia voluntaria. Pero hoy esta función instrumental-todavía eficaz en los márgenes del sistema, cuando se verifican situaciones de peligro y de excepción- ha dejado lugar a un procedimiento de control diferente, que, separándolo en la esfera espectacular,
inviste el lenguaje en su girar en el vacío, es decir en su posible potencial profanatorio. Más esencial que la función de propaganda, que concierne al lenguaje como instrumento para un fin, es la captura y la neutralización del medio puro por excelencia, es decir del lenguaje que se ha emancipado de sus fines comunicativos y se dispone, así, para un nuevo uso. Los dispositivos mediáticos tienen precisamente el objetivo de neutralizar este poder profanatorio del lenguaje como medio puro, de impedir que abra la posibilidad de un nuevo uso, de una nueva experiencia de la palabra. Ya la iglesia, después de los dos primeros siglos de esperanza y espera, había
concebido su función como dirigida esencialmente a neutralizarla nueva experiencia de la palabra que Pablo, poniéndola en el centro del anuncio mesiánico, había denominado
pistis, fe. Del mismo modo, en el sistema de la religión espectacular, el medio puro, suspendido y exhibido en la esfera mediática, expone el propio vado, dice solamente su propia nada, como si ningún nuevo uso fuera posible, como si ninguna otra experiencia de la palabra fuera ya posible.

Esta nulificación de los medios puros es evidente en el dispositivo que más que ningún otro parece haber realizado el sueño capitalista de la producción de un Improfanable. Se trata de la pornografía. Quien tiene alguna familiaridad con la historia de la fotografía erótica sabe que, en sus comienzos,las modelos ostentan una expresión romántica y casi soñadora, como si el objetivo las hubiera sorprendido, no visto, en la intimidad de su boudoir. A veces, perezosamente tumbadas sobre un canapé, fingen dormir o hasta leer, como en ciertos desnudos de Braquehais y de Camille de Olivier; otras veces, el fotógrafo indiscreto las ha sorprendido justo mientras, solas consigo mismas, están mirándose en el espejo (es la puesta en escena preferida por Auguste Belloc). Pronto, no obstante, de la mano de la absolutización capitalista de la mercancía y el valor de cambio, su expresión se transforma y se vuelve atrevida, las poses se complican y se mueven, como si las modelos exageraran intencionalmente la indecencia, exhibiendo, de este modo, su conciencia de estar expuestas al objetivo. Pero es recién en nuestra época que este proceso alcanza su estadio extremo. Los historiadores del cine
registran como una novedad desconcertante la secuencia de Monika (1952), en la cual la protagonista Harriett Andersson mantiene de manera imprevista la mirada fija por algunos
segundos en el objetivo ("aquí por primera vez en la historiadel cine", comentará retrospectivamente el director, Ingmar Bergman, "se establece un contacto descarado y directo con el espectador"). Desde entonces, la pornografía ha vuelto ciertamente banal el procedimiento: las pornostars, en el acto mismo de practicar sus caricias más íntimas, miran ahora resueltamente al objetivo, mostrando que están más interesadas
en el espectador que en sus partners.
De este modo se realiza plenamente el principio que Benjamin había ya enunciado en 1936, mientras escribía el ensayo sobre Fuchs, es decir que "aquello que en estas imágenes funciona como estímulo sexual, no es tanto la visión de la desnudez, como la idea de la exhibición del cuerpo desnudo delante del objetivo". Un año antes, para caracterizar la transformación que sufre la obra de arte en la época de su reproducibilidad técnica, Benjamin creó el concepto de "valor de exposición" (Ausstellungswert). Nada mejor que este concepto podría caracterizar
la nueva condición de los objetos y hasta del cuerpo humano en la edad del capitalismo realizado. En la oposición marxiana entre valor de uso y valor de cambio, el valor de expo-
sición insinúa un tercer término, que no se deja reducir a los dos primeros. No es valor de uso, porque lo que está expuesto es, en tanto tal, sustraído a la esfera de! uso; no es valor de cambio,
porque no mide en modo alguno una fuerza de trabajo. Pero es quizás sólo en la esfera del rostro humano que el mecanismo del valor de exposición encuentra su lugar propio.
Es una experiencia común que el rostro de una mujer que se siente mirada se vuelve inexpresivo. La conciencia de estar expuesta a la mirada hace, así, e! vacío en la conciencia y actúa como un potente disgregador de los procesos expresivos que animan generalmente el rostro. Es la indiferencia descarada lo que las mannequins, las pornostars y las otras profesionales de la exposición deben, ante todo, aprender a adquirir: no dar a ver otra cosa que un dar a ver(es decir, la propia absoluta medianía). De este modo el rostro se carga hasta estallar de valor de exposición. Pero precisamente por esta nulificación de la expresividad, el erotismo penetra allí donde no podría tener lugar:en e! rostro humano, que no conoce desnudez, porque está siempre ya desnudo. Exhibido como puro medio más allá de toda expresividad concreta, se vuelve disponible para un nuevo uso, para una nueva forma de comunicación erótica.
Una pornostar, que hace pasar sus prestaciones por perfórmances artísticas, ha llevado recientemente al extremo este procedimiento. Se hace fotografiar en el acto de cumplir
o padecer los actos más obscenos, pero siempre de modo que su rostro sea bien visible en primer plano. Y en vez de simular, según la convención de! género, e! placer, ella afecta
y exhibe -como los mannequins-  la más absoluta indiferencia, la más estoica ataraxia. ¿A quién es indiferente Chloe Des Lyces? A su partner, ciertamente. Pero también a los
espectadores, que se enteran con sorpresa que la estrella, incluso sabiendo perfectamente que está expuesta a la mirada, no tiene con ellos la más mínima complicidad. Su rostro impasible despedaza así toda relación entre la vivencia y la esfera expresiva, ya no expresa nada, pero se deja ver como lugar inexpresado de la expresión, como puro medio. Es este potencial profanatorio lo que el dispositivo de la pornografía quiere neutralizar. Lo que es capturado en ella es la capacidad humana de hacer girar en el vacío los comportamientos
eróticos, de profanarlos, separándolos de su fin inmediato. Pero mientras ellos se abrían, de este modo, a un posible uso diferente, que concernía no tanto al placer del partner, como a
un nuevo uso colectivo de la sexualidad, la pornografía interviene en este punto para bloquear y desviar la intención profanatoria. El consumo solitario y desesperado de la imagen pornográfica sustituye, así, a la promesa de un nuevo uso. Todo dispositivo de poder es siempre doble: él resulta, por un lado, de un comportamiento individual de subjetivación y, por el otro, de su captura en una esfera separada. El comportamiento individual en sí no tiene, a menudo, nada
censurable y puede expresar más bien un intento liberatorio; es reprobable eventualmente -cuando no ha sido constreñido por las circunstancias o por la fuerza- solamente su haberse
dejado capturar por el dispositivo. Ni el gesto descarado de la pornostar, ni el rostro impasible de la mannequin son, como tales, reprochables: son infames, en cambio -políticamente
y moralmente- el dispositivo pornografía, el dispositivo desfile de moda, que los han apartado de su posible uso. Lo Improfanable de la pornografía -todo improfanable- se funda sobre la detención y sobre la distracción de una intención auténticamente profanatoria. Por esto es necesario arrancarles a los dispositivos -a cada dispositivo-la posibilidad
de uso que ellos han capturado. La profanación de lo improfanable es la tarea política de la generación que viene.

(1) [N. de T.} Exta, Mrum: entrañas, intestinos.
(2) [N. de T.] En italiano, "rileggere". El autor hace aquí un juego con
"relegere".                                         
3 [N. de T.] Sans tréve et sans merci: sin tregua y sin respiro.

miércoles, 6 de junio de 2012

25 años, un malestar con diversas escrituras Por Alvaro G. Vives

25 años, un malestar con diversas escrituras
Por Alvaro G. Vives

Leer el artículo de Sergio Rodríguez “25 años, el malestar que no cesa de escribirse” en el Nº 48 de AGENDA, tuvo la virtud de recordarme mi propio malestar y motivar el deseo de públicar algunas reflexiones.
El prestigioso colega nos dice que “El malestar en la cultura” no cesa de no leerse, y nos invita a compartir su propia lectura. Identifica la estructura de la política con la estructura de la banda de Moebius, y constata que las dos “caras”, son en realidad una sola banda, aunque puntualiza que los actores políticos pasan “imperceptiblemente” de una cara a la otra, del ideal al terror. La identidad y la diferencia se disuelven así, aunque mantienen “imperceptiblemente” su distinción.
Rodríguez distingue una “diferencia radical”: 1) El medio: terrorismo de estado que se traduce en cantidad (más de 15.000 muertos) vs. Guerra revolucionaria que deriva en menos víctimas. 2) Los fines: País enajenado con economía regresiva como objetivo alcanzado por medio del genocidio. Sin duda no es poco. No puede encontrar contraparte en los fines revolucionarios pues éstos no tomaron el poder y desconocemos que hubiera ocurrido, pero la sospecha, apoyado en la “evolución” de los Firmenich y los Galimberti.

Nos recuerda entonces que mejores o peores seres humanos no hacen la diferencia, sino que el problema de la política reside en la estructura de las organizaciones artificiales de masa, tal como las señalara Freud. Y que la posición del psicoanalista no es la del político pues éste pretende dar soluciones y aquél no, sólo facilitar a quienes arriesgan a involucrarse en la experiencia, a encontrar las propias soluciones.
Pero el artículo no es teórico ni clínico, y está firmado por un conocido psicoanalista argentino que se refiere a hechos políticos de su país desde una lectura psicoanalítica, y tiene claras connotaciones políticas. Menudo problema el de la política para los psicoanalistas; nos confronta a una escisión. Disyuntiva binaria de una aséptica distancia o el riesgo de ser capturados por la estructura de masa.

Si política, educación y psicoanálisis resultan para Freud tareas imposibles, es porque interceptan en lo ético. Se analiza, se educa y se gobierna, y estas actividades dejan marcas y efectos sobre la subjetividad.
Rodríguez deja claro que no comparte la teoría de los dos demonios pero, a mi juicio, su artículo refleja una posición parcial, extendida entre muchos psicoanalistas, que conlleva el riesgo, muy a pesar de quienes la sostienen, de confundirse con una actitud escéptica muy funcional al poder vigente, en un terreno tan delicado. Por ello creo necesario despejarla y trataré de hacerlo en las lineas que siguen.
Sergio cierra su artículo con una cita de Maquiavelo, autor muy apropiado para el asunto, ya que es con él, que política y ética toman senderos separados. Desde Aristóteles, ética y política eran dos caras de una misma banda, pero Maquiavelo corta la banda y nos enseña que para ser “eficaces” en la política no hay que mezclarla con la ética. Nace la política moderna y con ella la ética es desplazada a los confines de la vida pública por la “eficacia” que la reemplaza. No respetar hoy esa concepción es incurrir en ingenuidad política.

Tampoco en psicoanálisis podemos ser ingenuos. Detengámonos en algunas confusiones importantes.
La lectura de Sergio Rodríguez presupone, como es habitual, el reconocimiento de dos bandos: militares y guerrilleros. Éstos, sumados a todo su apoyo logístico, no alcanzaban al uno por mil de la población de entonces. La cifra es similar a la de los muertos y desaparecidos que produjo esa etapa de la historia nacional, pero la inmensa mayoría de los muertos y desaparecidos no revistaban en ninguno de esos dos grupos, sin embargo tampoco era ajena a los hechos políticos en cuestión. Miles de militantes de organizaciones sociales, religiosas, sindicales, políticas, intelectuales, etc. fueron las víctimas fundamentales del terrorismo de estado que pretendió justificarse en la existencia de la guerrilla. Ellos practicaban política, no hacían la guerra.

Primera confusión: considerar “hombres buenos con medios malos” por la ingenuidad de creer en la trampa discursiva del terrorismo de estado que identificó subversión con guerrilla para poder “aniquilar”.
La realidad social y política de entonces abarcaba multiplicidad de posiciones políticas agrupables en dos proyectos ideológicos opuestos, pero el quiebre social que se constataba atravesaba las estructuradas masas artificiales a las que se refiere Sergio. Iglesia, ejército, sindicalismo, y todas las masas artificiales tradicionales, incluyendo la A.P.A. se encontraban socialmente fracturadas y la fractura atravesaba todos los estamentos sociales delineando dos proyectos político-económicos pero sobre todo éticos. Uno consistente, orgánico, gubernamental, con estructura clásica de masa artificial. Otro difuso, sin conducción orgánica, constituido por diversidad de sujetos integrados en multiplicidad de pequeñas organizaciones de masas artificiales, pero cuyo único punto de identidad era la oposición a los estamentos tradicionales y el deseo de un cambio que rescatara una ética nueva centrada en el valor de la justicia, una activa participación democrática y el respeto al hombre.
Segunda confusión : entre dos masas artificiales enfrentadas para tomar el poder. “Hombres malos con medios y fines malos vs. Hombres buenos con fines buenos y medios malos”, son confundidos con un proceso social de cuestionamiento y rebelión contra los valores instituidos y las instituciones que los representan.

Sergio señala que no hay dos demonios pero que tampoco hay un demonio y un ángel. Tiene razón. Sin embargo confunde en que consistían entonces estos dos bandos (si es posible categorizarlos como tales) y parece confundirlos con las masas artificiales; cuando en realidad a pesar del esfuerzo de las estructuras políticas, religiosas, sindicales y sociales por lograr encuadrar en la masa artificial la subjetividad subvertida, fracasaban una y otra vez y se veían obligadas a tolerar en su propio seno, a regañadientes, un movimiento social instituyente (no instituído), fuente permanente de enunciación, que justamente vino a acallar el golpe de estado sangriento, para lo cual, por eso mismo, debió convertirse en genocida. No se trató sólo de tomar el poder, sino de acallar a sangre, fuego y tortura a un pueblo en subversión discursiva y ética.

Tercera confusión: de sostener que la política se reduce a la toma del poder, y por la propia estructura de la misma que resulta ser la de la banda de Moebius, los buenos idealistas de hoy son, necesariamente los tiranos de mañana en el poder. Por lo tanto resulta implícito que no hay diferencia, más que de oportunidad, entre una posición política y otra ya que a la larga serán equivalentes. Pierde de vista que el poder no es únicamente central e instituido al modo dictatorial y subsume el valor de las diferencias políticas relativas, históricas, instituyentes, en la indiferen-ciación que le sugiere una lectura exclusivamente estructural.
Creo que distinguir este importante detalle viene a ordenar la cuestión. Lo que diferenció a los protagonistas de la lucha política de los setenta no residió, ni solamente ni fundamentalmente, en la relación de los medios y los fines, sino principalmente en la “actitud o posición discursiva” y consecuentemente en el “acto” de valoración correspondiente, y por lo tanto una ética. Por eso no es posible incluir en listas a Videla y Massera de un lado y a Firmenich y Galimberti del otro, sino por el contrario, como pudo constatarse en sus discursos y actos, sin necesidad de verificar “evolución”, los Videla y Firmenich coincidieron siempre no sólo en que el fin justifica los medios y por supuesto los justifica a ellos, sino en que los fines ya estaban dados de una vez y para siempre, instituídos. La guerra se justifica en que hay un enunciado verdadero que la santifica.

Frente al terror no se levantó otro terror sino la razón, con toda su fragilidad. En la vereda de enfrente hubo no sólo anónimos militantes sino también figuras públicas a quienes no resultó “imperceptible” el paso de lo más sublime a lo más degradado y se negaron a darlo, hayan o no leído “El malestar en la cultura”; pagando a veces su osadía con su propia vida y concientes de ello. Ésta también es una manera de hacer política, como lo demostraran Jesús, Luther King, Ghandi, o Esquivel, Carloto, por mencionar sólo algunos conocidos.

La política como una manera de hacer marca y producir efectos en la subjetividad desde la enunciación en los asuntos de la Polis, sostenida en una práctica centrada en una ética y no en la eficacia, sin por ello dejar de ser eficaz. Para Aristóteles una virtud, aunque en estos tiempos no esté de moda y no cuente con buena prensa. Siempre es una manera de señalar en la continuidad humana entre lo degradado y lo sublime que hay diferencia y no sólo continuidad. Es el producto más valioso de la cultura.
Sergio también tiene razón cuando nos recuerda que la posición del psicoanalista no es la del político. Por eso es necesario distinguir cuando “somos-estamos” en esa relación al “saber” (la inmensa mayoría de las lenguas no distingue estos dos verbos como el castellano y no separan lo relacional de la condición de ser) y cuando “somos-estamos” en otra relación, como la política. De lo contrario podemos caer en la ingenuidad de actuar como si el psicoanálisis fuera una nueva manera de abordar las cuestiones de la “polis” por fuera y por encima de la política; o peor aún, actuar como si las cuestiones de la “polis” no nos atañesen por ser psicoanalístas, sujetos diferenciados por nuestro saber abrevado en una correcta lectura del malestar.

Como psicoanalistas nos competen las cuestiones relativas a la subjetividad pero no sólo en los análisis que conducimos. Nos asociamos, escribimos y publicamos, y no sólo sobre clínica. Nuestra actividad en este plano no es la de aplicar fórmulas instituidas de saber en lecturas sobre los acontecimientos humanos, sino utilizar ese bagaje conceptual para crear nuevas herramientas que nos permitan interpretar los avatares de la subjetividad en los cambios que se producen en la cultura. El texto de Freud citado en el comienzo del artículo de Rodríguez, “El malestar en la cultura”, siendo un texto eminentemente psicoanalítico, es probablemente el más filosófico-antropológico de toda su producción. Sobre el final, Freud escribe:
“El superyó cultural ha elaborado sus ideales y erigido sus normas. Entre éstas, las que se refieren a las relaciones de los seres humanos entre sí están comprendidas en el concepto de la ética. En todas las épocas se dió el mayor valor a estos sistemas éticos como si precisamente ellos hubieran de colmar las máximas esperanzas. En efecto, la ética aborda aquel punto que es fácil reconocer como el más vulnerable de toda la cultura. Por consiguiente debe ser concebida como una tentativa terapéutica, como un ensayo destinado a lograr mediante un imperativo del superyó lo que antes no pudo alcanzar la restante labor cultural.”

Estas palabras pueden resultar poco claras para aquellos analistas que identifican el superyó, sin más, al goce; y desechan toda ética que no sea la del deseo, confundiendo a Sade con el mayor deseante.
Freud arroja a las siguientes generaciones de analistas una idea audaz y el desafío de abordar la investigación pertinente. Sostiene, la idea de un superyó cultural forjado por la impronta de grandes conductores de una comunidad, y que no es descabellada la hipótesis de que pueblos enteros y aún la humanidad toda, tornada neurótica bajo las presiones culturales, justificara planes terapéuticos sociales.

El feroz enfrentamiento de los 70 fue entre un bando superyoico en el sentido del goce; y un bando superyoico en el sentido freudiano del ideal que encarna los valores eróticos de la cultura. El primero con una moral marchita, odiaba toda manifestación vital y erótica, acentuaba los valores de un individualismo que se proclamaba liberal pero se nutría en el conservadurismo católico más rancio y respondía a la tipificación freudiana de la masa. El segundo reunía difusamente ideologías e íconos varios en sus fragmentos, pero si algo los unificaba era una actitud vital y desafiante a los mandatos superyo-icos de goce. Encarnaba los valores de unión y solidaridad entre los hombres y se rebelaba contra un orden social injusto y degradante.

Habría que considerar, siguiendo la cita freudiana sobre el valor de la ética, la hipótesis de que en los 70 asistimos a un intento terapéutico cultural de buena parte de la comunidad que fue brutalmente abortado.
Tal vez por eso, de un lado se unificaban fuerzas de seguridad, obispos, jerarcas sindicales y las cúpulas de las fuerzas vivas de la sociedad y del otro, los jóvenes idealistas de distinta extracción social, religiosa y política. Curas y rabinos junto a agnósticos y ateos de diverso pelaje marxista se unían a obreros católicos, homosexuales y heterosexuales, maestras y profesionales, casi todos muy jóvenes. La tolerancia de la diversidad no es un rasgo distintivo de las masas artificiales según las considera Freud.

Rodríguez tiene razón en que no es cuestión de hombres mejores o peores y que estuvieron mezclados. Pero no en que el problema resida exclusivamente en las organizaciones artificiales de masa y la manera en que involucra a los hablantes que las integran. Su convicción estructuralista le impide ver la procesualidad que produce crisis y rupturas en dichas organizaciones y sólo repara en que, por la constitución del psiquismo, la misma estructura de organización artificial de masas reaparece, pero pierde de vista que, por lo mismo, también tiene ciclos de ruptura. Las revoluciones que jalonan la historia de la humanidad son los momentos en que la subjetividad se rebela a la estructura de masa vigente y alcanza la producción de un nuevo valor cultural. Aunque restablezca con el nuevo lider que encarna el nuevo ideal, el mismo tipo de relación que antes tenía con el viejo, la ganancia no es poca. No es lo mismo vivir en la Argentina del proceso que en la actual así como no fueron los mismos el mundo humano y la subjetividad antes que después de los acontecimientos de 1789 en Francia.

Desdeña la política como concerniente a “hombres malos con fines malos y medios malos que son los que triunfan” y a difundir sin proponérselo una actitud escéptica y apática respecto de algún cambio y progreso cultural. Ideología vigente que resulta muy útil al poder reinante y promueve el aislamiento entre los hombres, con disolución de vínculos eróticos por avance de la borradura de trazas propia de lo mortífero pulsional.
Lo que vivimos en la década del 70 no fue un enfrentamiento entre militares y guerrilleros, cuestión secundaria a un proceso social y político más profundo; sino una nueva y feroz manifestación de la mítica lucha freudiana entre Eros y Ananké. Triunfó Ananké. No sólo se asesinó a miles y miles, sino que se atacó directamente a la cultura en los lazos de solidaridad entre los hombres, y con un éxito que aún hoy padecemos. Por eso es peligroso que desde el psicoanálisis no seamos rotundamente claros. Con respecto a los valores de la cultura los analistas no somos, ni podemos ser neutrales.