PRESENTACION: la creacion de este blog responde a la necesidad que fue surgiendo en las reuniones de PSICOANALISIS EN DEBATE de favorecer los intercambios de textos que se han ido exponiendo. El mismo es abierto, es decir, puede funcionar como recurso interno a los concurrentes habituales y tambien para los interesados que quieran tener una idea de la historia del grupo a traves de los textos que nos han ido interesando sucesivamente
jueves, 28 de junio de 2012
miércoles, 6 de junio de 2012
25 años, un malestar con diversas escrituras Por Alvaro G. Vives
| 25 años, un malestar con diversas escrituras | |
| Por Alvaro G. Vives | |
| Leer el artículo de Sergio Rodríguez “25 años, el malestar
que no cesa de escribirse” en el Nº 48 de AGENDA, tuvo la virtud de
recordarme mi propio malestar y motivar el deseo de públicar algunas
reflexiones. El prestigioso colega nos dice que “El malestar en la cultura” no cesa de no leerse, y nos invita a compartir su propia lectura. Identifica la estructura de la política con la estructura de la banda de Moebius, y constata que las dos “caras”, son en realidad una sola banda, aunque puntualiza que los actores políticos pasan “imperceptiblemente” de una cara a la otra, del ideal al terror. La identidad y la diferencia se disuelven así, aunque mantienen “imperceptiblemente” su distinción. Rodríguez distingue una “diferencia radical”: 1) El medio: terrorismo de estado que se traduce en cantidad (más de 15.000 muertos) vs. Guerra revolucionaria que deriva en menos víctimas. 2) Los fines: País enajenado con economía regresiva como objetivo alcanzado por medio del genocidio. Sin duda no es poco. No puede encontrar contraparte en los fines revolucionarios pues éstos no tomaron el poder y desconocemos que hubiera ocurrido, pero la sospecha, apoyado en la “evolución” de los Firmenich y los Galimberti. Nos recuerda entonces que mejores o peores seres humanos no hacen la diferencia, sino que el problema de la política reside en la estructura de las organizaciones artificiales de masa, tal como las señalara Freud. Y que la posición del psicoanalista no es la del político pues éste pretende dar soluciones y aquél no, sólo facilitar a quienes arriesgan a involucrarse en la experiencia, a encontrar las propias soluciones. Pero el artículo no es teórico ni clínico, y está firmado por un conocido psicoanalista argentino que se refiere a hechos políticos de su país desde una lectura psicoanalítica, y tiene claras connotaciones políticas. Menudo problema el de la política para los psicoanalistas; nos confronta a una escisión. Disyuntiva binaria de una aséptica distancia o el riesgo de ser capturados por la estructura de masa. Si política, educación y psicoanálisis resultan para Freud tareas imposibles, es porque interceptan en lo ético. Se analiza, se educa y se gobierna, y estas actividades dejan marcas y efectos sobre la subjetividad. Rodríguez deja claro que no comparte la teoría de los dos demonios pero, a mi juicio, su artículo refleja una posición parcial, extendida entre muchos psicoanalistas, que conlleva el riesgo, muy a pesar de quienes la sostienen, de confundirse con una actitud escéptica muy funcional al poder vigente, en un terreno tan delicado. Por ello creo necesario despejarla y trataré de hacerlo en las lineas que siguen. Sergio cierra su artículo con una cita de Maquiavelo, autor muy apropiado para el asunto, ya que es con él, que política y ética toman senderos separados. Desde Aristóteles, ética y política eran dos caras de una misma banda, pero Maquiavelo corta la banda y nos enseña que para ser “eficaces” en la política no hay que mezclarla con la ética. Nace la política moderna y con ella la ética es desplazada a los confines de la vida pública por la “eficacia” que la reemplaza. No respetar hoy esa concepción es incurrir en ingenuidad política. Tampoco en psicoanálisis podemos ser ingenuos. Detengámonos en algunas confusiones importantes. La lectura de Sergio Rodríguez presupone, como es habitual, el reconocimiento de dos bandos: militares y guerrilleros. Éstos, sumados a todo su apoyo logístico, no alcanzaban al uno por mil de la población de entonces. La cifra es similar a la de los muertos y desaparecidos que produjo esa etapa de la historia nacional, pero la inmensa mayoría de los muertos y desaparecidos no revistaban en ninguno de esos dos grupos, sin embargo tampoco era ajena a los hechos políticos en cuestión. Miles de militantes de organizaciones sociales, religiosas, sindicales, políticas, intelectuales, etc. fueron las víctimas fundamentales del terrorismo de estado que pretendió justificarse en la existencia de la guerrilla. Ellos practicaban política, no hacían la guerra. Primera confusión: considerar “hombres buenos con medios malos” por la ingenuidad de creer en la trampa discursiva del terrorismo de estado que identificó subversión con guerrilla para poder “aniquilar”. La realidad social y política de entonces abarcaba multiplicidad de posiciones políticas agrupables en dos proyectos ideológicos opuestos, pero el quiebre social que se constataba atravesaba las estructuradas masas artificiales a las que se refiere Sergio. Iglesia, ejército, sindicalismo, y todas las masas artificiales tradicionales, incluyendo la A.P.A. se encontraban socialmente fracturadas y la fractura atravesaba todos los estamentos sociales delineando dos proyectos político-económicos pero sobre todo éticos. Uno consistente, orgánico, gubernamental, con estructura clásica de masa artificial. Otro difuso, sin conducción orgánica, constituido por diversidad de sujetos integrados en multiplicidad de pequeñas organizaciones de masas artificiales, pero cuyo único punto de identidad era la oposición a los estamentos tradicionales y el deseo de un cambio que rescatara una ética nueva centrada en el valor de la justicia, una activa participación democrática y el respeto al hombre. Segunda confusión : entre dos masas artificiales enfrentadas para tomar el poder. “Hombres malos con medios y fines malos vs. Hombres buenos con fines buenos y medios malos”, son confundidos con un proceso social de cuestionamiento y rebelión contra los valores instituidos y las instituciones que los representan. Sergio señala que no hay dos demonios pero que tampoco hay un demonio y un ángel. Tiene razón. Sin embargo confunde en que consistían entonces estos dos bandos (si es posible categorizarlos como tales) y parece confundirlos con las masas artificiales; cuando en realidad a pesar del esfuerzo de las estructuras políticas, religiosas, sindicales y sociales por lograr encuadrar en la masa artificial la subjetividad subvertida, fracasaban una y otra vez y se veían obligadas a tolerar en su propio seno, a regañadientes, un movimiento social instituyente (no instituído), fuente permanente de enunciación, que justamente vino a acallar el golpe de estado sangriento, para lo cual, por eso mismo, debió convertirse en genocida. No se trató sólo de tomar el poder, sino de acallar a sangre, fuego y tortura a un pueblo en subversión discursiva y ética. Tercera confusión: de sostener que la política se reduce a la toma del poder, y por la propia estructura de la misma que resulta ser la de la banda de Moebius, los buenos idealistas de hoy son, necesariamente los tiranos de mañana en el poder. Por lo tanto resulta implícito que no hay diferencia, más que de oportunidad, entre una posición política y otra ya que a la larga serán equivalentes. Pierde de vista que el poder no es únicamente central e instituido al modo dictatorial y subsume el valor de las diferencias políticas relativas, históricas, instituyentes, en la indiferen-ciación que le sugiere una lectura exclusivamente estructural. Creo que distinguir este importante detalle viene a ordenar la cuestión. Lo que diferenció a los protagonistas de la lucha política de los setenta no residió, ni solamente ni fundamentalmente, en la relación de los medios y los fines, sino principalmente en la “actitud o posición discursiva” y consecuentemente en el “acto” de valoración correspondiente, y por lo tanto una ética. Por eso no es posible incluir en listas a Videla y Massera de un lado y a Firmenich y Galimberti del otro, sino por el contrario, como pudo constatarse en sus discursos y actos, sin necesidad de verificar “evolución”, los Videla y Firmenich coincidieron siempre no sólo en que el fin justifica los medios y por supuesto los justifica a ellos, sino en que los fines ya estaban dados de una vez y para siempre, instituídos. La guerra se justifica en que hay un enunciado verdadero que la santifica. Frente al terror no se levantó otro terror sino la razón, con toda su fragilidad. En la vereda de enfrente hubo no sólo anónimos militantes sino también figuras públicas a quienes no resultó “imperceptible” el paso de lo más sublime a lo más degradado y se negaron a darlo, hayan o no leído “El malestar en la cultura”; pagando a veces su osadía con su propia vida y concientes de ello. Ésta también es una manera de hacer política, como lo demostraran Jesús, Luther King, Ghandi, o Esquivel, Carloto, por mencionar sólo algunos conocidos. La política como una manera de hacer marca y producir efectos en la subjetividad desde la enunciación en los asuntos de la Polis, sostenida en una práctica centrada en una ética y no en la eficacia, sin por ello dejar de ser eficaz. Para Aristóteles una virtud, aunque en estos tiempos no esté de moda y no cuente con buena prensa. Siempre es una manera de señalar en la continuidad humana entre lo degradado y lo sublime que hay diferencia y no sólo continuidad. Es el producto más valioso de la cultura. Sergio también tiene razón cuando nos recuerda que la posición del psicoanalista no es la del político. Por eso es necesario distinguir cuando “somos-estamos” en esa relación al “saber” (la inmensa mayoría de las lenguas no distingue estos dos verbos como el castellano y no separan lo relacional de la condición de ser) y cuando “somos-estamos” en otra relación, como la política. De lo contrario podemos caer en la ingenuidad de actuar como si el psicoanálisis fuera una nueva manera de abordar las cuestiones de la “polis” por fuera y por encima de la política; o peor aún, actuar como si las cuestiones de la “polis” no nos atañesen por ser psicoanalístas, sujetos diferenciados por nuestro saber abrevado en una correcta lectura del malestar. Como psicoanalistas nos competen las cuestiones relativas a la subjetividad pero no sólo en los análisis que conducimos. Nos asociamos, escribimos y publicamos, y no sólo sobre clínica. Nuestra actividad en este plano no es la de aplicar fórmulas instituidas de saber en lecturas sobre los acontecimientos humanos, sino utilizar ese bagaje conceptual para crear nuevas herramientas que nos permitan interpretar los avatares de la subjetividad en los cambios que se producen en la cultura. El texto de Freud citado en el comienzo del artículo de Rodríguez, “El malestar en la cultura”, siendo un texto eminentemente psicoanalítico, es probablemente el más filosófico-antropológico de toda su producción. Sobre el final, Freud escribe: “El superyó cultural ha elaborado sus ideales y erigido sus normas. Entre éstas, las que se refieren a las relaciones de los seres humanos entre sí están comprendidas en el concepto de la ética. En todas las épocas se dió el mayor valor a estos sistemas éticos como si precisamente ellos hubieran de colmar las máximas esperanzas. En efecto, la ética aborda aquel punto que es fácil reconocer como el más vulnerable de toda la cultura. Por consiguiente debe ser concebida como una tentativa terapéutica, como un ensayo destinado a lograr mediante un imperativo del superyó lo que antes no pudo alcanzar la restante labor cultural.” Estas palabras pueden resultar poco claras para aquellos analistas que identifican el superyó, sin más, al goce; y desechan toda ética que no sea la del deseo, confundiendo a Sade con el mayor deseante. Freud arroja a las siguientes generaciones de analistas una idea audaz y el desafío de abordar la investigación pertinente. Sostiene, la idea de un superyó cultural forjado por la impronta de grandes conductores de una comunidad, y que no es descabellada la hipótesis de que pueblos enteros y aún la humanidad toda, tornada neurótica bajo las presiones culturales, justificara planes terapéuticos sociales. El feroz enfrentamiento de los 70 fue entre un bando superyoico en el sentido del goce; y un bando superyoico en el sentido freudiano del ideal que encarna los valores eróticos de la cultura. El primero con una moral marchita, odiaba toda manifestación vital y erótica, acentuaba los valores de un individualismo que se proclamaba liberal pero se nutría en el conservadurismo católico más rancio y respondía a la tipificación freudiana de la masa. El segundo reunía difusamente ideologías e íconos varios en sus fragmentos, pero si algo los unificaba era una actitud vital y desafiante a los mandatos superyo-icos de goce. Encarnaba los valores de unión y solidaridad entre los hombres y se rebelaba contra un orden social injusto y degradante. Habría que considerar, siguiendo la cita freudiana sobre el valor de la ética, la hipótesis de que en los 70 asistimos a un intento terapéutico cultural de buena parte de la comunidad que fue brutalmente abortado. Tal vez por eso, de un lado se unificaban fuerzas de seguridad, obispos, jerarcas sindicales y las cúpulas de las fuerzas vivas de la sociedad y del otro, los jóvenes idealistas de distinta extracción social, religiosa y política. Curas y rabinos junto a agnósticos y ateos de diverso pelaje marxista se unían a obreros católicos, homosexuales y heterosexuales, maestras y profesionales, casi todos muy jóvenes. La tolerancia de la diversidad no es un rasgo distintivo de las masas artificiales según las considera Freud. Rodríguez tiene razón en que no es cuestión de hombres mejores o peores y que estuvieron mezclados. Pero no en que el problema resida exclusivamente en las organizaciones artificiales de masa y la manera en que involucra a los hablantes que las integran. Su convicción estructuralista le impide ver la procesualidad que produce crisis y rupturas en dichas organizaciones y sólo repara en que, por la constitución del psiquismo, la misma estructura de organización artificial de masas reaparece, pero pierde de vista que, por lo mismo, también tiene ciclos de ruptura. Las revoluciones que jalonan la historia de la humanidad son los momentos en que la subjetividad se rebela a la estructura de masa vigente y alcanza la producción de un nuevo valor cultural. Aunque restablezca con el nuevo lider que encarna el nuevo ideal, el mismo tipo de relación que antes tenía con el viejo, la ganancia no es poca. No es lo mismo vivir en la Argentina del proceso que en la actual así como no fueron los mismos el mundo humano y la subjetividad antes que después de los acontecimientos de 1789 en Francia. Desdeña la política como concerniente a “hombres malos con fines malos y medios malos que son los que triunfan” y a difundir sin proponérselo una actitud escéptica y apática respecto de algún cambio y progreso cultural. Ideología vigente que resulta muy útil al poder reinante y promueve el aislamiento entre los hombres, con disolución de vínculos eróticos por avance de la borradura de trazas propia de lo mortífero pulsional. Lo que vivimos en la década del 70 no fue un enfrentamiento entre militares y guerrilleros, cuestión secundaria a un proceso social y político más profundo; sino una nueva y feroz manifestación de la mítica lucha freudiana entre Eros y Ananké. Triunfó Ananké. No sólo se asesinó a miles y miles, sino que se atacó directamente a la cultura en los lazos de solidaridad entre los hombres, y con un éxito que aún hoy padecemos. Por eso es peligroso que desde el psicoanálisis no seamos rotundamente claros. Con respecto a los valores de la cultura los analistas no somos, ni podemos ser neutrales. |
jueves, 31 de mayo de 2012
miércoles, 16 de mayo de 2012
miércoles, 9 de mayo de 2012
Política y psicoanálisis. por Luis Vicente Miguelez
Política y psicoanálisis
A
propósito del artículo Anguila de J.A.
Miller publicado en Pagina 12
Que
el psicoanálisis tenga como objetivo – tal como expresa Miller- el sustraer al
sujeto de sus identificaciones como si se tratara de pelar una cebolla, llevarlo
a “enfrentar su propio vacío” despojándolo de toda esperanza, y a aceptar que
nada nuevo puede ocurrir “salvo que tal vez la cosa pueda empeorar” no es lo
que Freud nos legó como práctica terapéutica ni como método de investigación.
Vayamos
por partes.
Con
el ropaje de la crítica a la postración ante ideales convertidos en
totalitarismo pretende camuflar una posición en la que se descree de lo
político como acción transformadora de la sociedad. Propone una concepción que
desacredita el acto político. Efectivamente, si política es la “manipulación de
palabras claves e imágenes para capturar al sujeto”, esta no es más que
demagogia y publicidad. Que la política sea reducida a mera cuestión de
marketing habla más de lo que se hace habitualmente con ella en nuestra época
dominada por el neoliberalismo, que de lo que realmente ésta es. Confundir la
acción política que legitima el poder ciudadano con la acción de aquellos que
la pervierten es, a mi entender, reducir la cosa a su manejo. Vale esto también
para el psicoanálisis y los psicoanalistas.
Ahora
bien, de qué está hablando Miller cuando dice: “nos preocupamos cuando alguien
cercano comienza un análisis: tememos que deje de honrar a su padre, a su
madre, a su pareja y a su Dios”. Y más adelante agrega que “los psicoanalistas
hubieran querido que los semblantes de antes resistieran hasta el final de los
tiempos”. ¿Quiénes son los psicoanalistas de Miller? ¿A quiénes supone con tal pobre
anhelo y tan vana preocupación? A falta de mayores explicaciones vale suponer
que se trata de una simple y llana proyección. ¿Acaso añoranzas de “un Nombre-del-Padre
que ya no es más lo que era”?
En
otro párrafo manifiesta que “el psicoanálisis no es revolucionario pero es
subversivo, que no es lo mismo, es decir, que va en contra de las
identificaciones, los ideales, las palabras claves (sic)”. Enunciación
paradojal ya que él mismo habla desde un ideal que por llamarlo de algún modo lo
denominaremos escéptico. Se trata, según Miller, de que nuestra práctica va en contra
de lo establecido. Es su manera de presentar la experiencia analítica por el
lado de la subversión de los valores. Estamos más ante una declaración política
que ante una práctica clínica.
No
tendría ningún sentido esta discusión si no pensara que esta posición convierte
al acto analítico y al proceso de la cura en transferencia en una
identificación imaginaria a un ideal que, con ropaje de subversivo, no es más que
una concepción política filosófica, emparentada con lo que los antiguos griegos
llamaron cinismo. Se convierte así a la sesión analítica en una política de
dos, donde el poder de la transferencia haría del psicoanalista un “líder
irreverente”. Más que el reverso de la política lo que plantea Miller es una
manera camuflada de hacerla. ¿Qué lugar queda entonces, para la singularidad
del deseo del analizante en esta supuesta “lucha” contra las identificaciones,
los ideales y las palabras claves a la que Miller asimila al tratamiento
analítico? Se abandona así una herramienta fundamental de nuestra práctica, la
abstinencia analítica, que hace de la presencia del analista una oportunidad
para el encuentro con el deseo propio sin encaminarlo hacia algún ideal ni
aplastarlo con el suyo.
Dejemos
a la política lo que es de la política y al psicoanálisis lo que es suyo. Hacer política disfrazada de psicoanálisis no
beneficia ni a una ni a otro. Por el contrario la experiencia analítica mostró
desde sus inicios una vocación para intervenir en la cultura de su tiempo. Los
primeros trabajos de Freud referidos a la histeria, configuraron un modo, a mi
entender, genuino y eficaz de contribución al respecto. Al ocuparse no de la
enfermedad sino del síntoma, Freud privilegió lo que éste tiene de verdad
respecto a la cultura de su tiempo. Es decir, puso por un lado de manifiesto las
fuerzas antagónicas que intervienen en el conflicto del que el síntoma es
símbolo (sexualidad y represión) y por otro abrió el camino para nuevas y diferentes
alternativas al mismo.
El
síntoma por primera vez en la historia de la medicina adquirió una dimensión
social y cultural, dejó de ser la expresión del déficit de una función para
expresar una verdad acallada. En el caso de la histeria la represión de la
sexualidad y el aplastamiento del deseo.
Esta lectura de lo que el síntoma encierra efectivamente tiene
consecuencias políticas y culturales, pero no es tarea del psicoanalista
proponer programas alternativos. Abrir a la consciencia colectiva lo que el
síntoma de la época enuncia es el modo en que nuestra práctica se enlaza con lo
social.
En
cuanto al tratamiento analítico no debemos olvidar, tal como aconsejaba Freud,
que la cuestión de la terminación del análisis es una cuestión práctica,
nuestra aspiración es lograr las condiciones psicológicas mejores para que
alguien pueda ser capaz de amar y trabajar satisfactoriamente. A lo que Lacan
varios años después agregará que en nuestro oficio se debe ser prudente, que un
análisis no debe llevar las cosas hasta los límites, vocación neurótica por
excelencia, que cuando el analizante piensa que es feliz por vivir es
suficiente.
Luis Vicente Miguelez
Buenos Aires, 27 de abril 2012
viernes, 4 de mayo de 2012
miércoles, 11 de abril de 2012
El psicoanálisis obturado Por Juan Bautista Ritvo
| El psicoanálisis obturado | |
| Por Juan Bautista Ritvo | |
“… todo lo que piensa Lacan se
nutre de una violencia central, a la que su discurso debe el no ser el
otro de ningún otro; capaz por consiguiente de abarcar todo sin aceptar
nada, pero traduciendo todo: ciencia, y filosofía, y ante todo y después
de todo, el llamado ‘psicoanálisis’ mismo.”
Gerard Granel El perfil institucional del psicoanálisis cambió mucho y radicalmente en los últimos años; y no cabe la menor duda de que la expansión de las carreras de Psicología en la universidad pública y privada tanto como la difusión de un lacanismo portátil, un émulo del otrora famoso Libro rojo de Mao, tan lejos del hermético y explosivo Lacan de los Écrits, son factores decisivos de este cambio. También y en no menor medida son dominantes los giros ideológicos de la intelligentsia progresista en la década del 60 y en los comienzos de la siguiente, moderada y “técnica” en los 80, cuando el feroz neoliberalismo y el derrumbe de la U.R.S.S. prometían un despolitizado paraíso forjado con el fetichismo del libre mercado; y ahora, a partir del nuevo siglo, tenemos ya instalada una izquierda pop teñida de ropaje lacaniano, que tiene nombres emblemáticos: la “razón populista” de Laclau que es una generalización e idealización del peronismo, con más valor de camuflaje que heurístico; o los gestos de quien empezó con una excelente monografía sobre Schelling –me refiero a iek– y ahora dice cosas tales como que prefiere un comunismo más cerca de Kafka que de Lenín. “Psicoanalista y lacaniano” se ha tornado una expresión anfibológica. Hay, de un lado y no quisiera medirlo en términos cuantitativos, quienes pueden adherir a la frase de Granel que elegí como acápite, porque esa violencia central –digan lo que digan los demagogos–, no es solo ni fundamentalmente la de la teoría, sino la de la clínica. No someterse a ningún otro es una manera ejemplar de responder al Otro, pero a condición de que reconozcamos que ese Otro no es ningún el Otro, sino lo Otro: un ruido1 que se arma y transmite con las generaciones y que la interpretación forzada debe convertir en música escuchando aquello que no se oye. Del otro lado, hay una militancia de psicólogos universitarios educados por fichas que reproducen hasta el cansancio fórmulas y giros macarrónicos; psicólogos para quienes llamarse psicólogos o psicoanalistas es una afirmación convertible y que se derraman desde las aulas a los panteones de las instituciones psicoanalíticas, que los acogen para culminar la tarea de disciplinamiento y uniformidad. Un síntoma característico: lo “nuevo”. Basta leer al pasar los avisos de cursos, conferencias, seminarios psicoanalíticos, para que aparezca ya desde hace mucho, pero ahora quizá con mayor intensidad que nunca, lo “nuevo”. Nuevos síntomas, nuevas patologías, nuevas subjetividades… Y a ello suele sumarse, desde actitudes que podemos denominar “progresistas” cuando no resueltamente “revolucionarias”, el discurso de quienes sostienen que ha llegado la hora de ir más allá: más allá del malestar en la cultura freudiana porque, se dice, estamos en la época de la peste, que no es el malestar; estamos en la época del arrasamiento de la subjetividad –“arrasamiento” es uno de los vocablos favoritos de cierta tendencia–. Por cierto, hay fenómenos nuevos y no necesito volver a describir lo que todos los días se describe: la proliferación de la droga, el derrumbe de las utopías emancipatorias, los estragos del neocapitalismo. Mas el verdadero problema consiste en preguntarse desde qué parámetros se los juzga. Desde hace siglos se ha consolidado un modelo en Occidente, un modelo cristiano y apocalíptico que está centrado en la caída. Todo lo que se aprecia como “nuevo” no es sino lo que se percibe como derrumbe de una estructura preexistente; no posee ninguna consistencia propia (¡lo nuevo así no es nuevo en absoluto!) ya que se instaura como un fenómeno sobrante, incluso inservible, en cualquier caso obtenible por mero descarte: residual con respecto a la neurosis, residual con respecto al orden fálico, residual con respecto al deseo, residual con respecto al capitalismo clásico que algunos añoran, y así sucesivamente… Un psicoanalista francés, Charles Melman, ha subtitulado un libro suyo: Gozar a cualquier precio2. Según él –doy el ejemplo porque representa a una corriente muy extendida y no por sus méritos intrínsecos–, en el siglo XXI el ciudadano ha sido reemplazado por el consumidor y la economía libidinal del deseo está siendo reemplazado por la obligación de gozar. ¿Deberíamos recordarle a Melman, quien en otros tiempos solía mostrar una lucidez nada despreciable, que los términos deseo y goce son estrictamente correlativos en psicoanálisis, y que privilegiar el goce a secas termina por eliminar toda restricción conceptual a un término devuelto a su uso más vulgar y, digámoslo, estúpido? Sin duda hay novedades catastróficas –en el sentido corriente de la expresión–, pero hay otras que abren en el mundo actual, más complejo de lo que el vetusto Melman sospecha, nuevas perspectivas. ¡Melman es un puritano apenas encubierto: mientras más se consume hay menos represión y menos deseo! ¿Es posible agrupar bajo el genérico término “consumo” consumos específicos que embrutecen, sin duda, con otros también específicos, pero que permiten vivir de otro modo y con mayor intensidad? (El vocablo “ciudadano” usado así, sin más, es una pobre ficción demoliberal: la exigencia de igualdad propia del derecho político moderno, entra siempre en colisión con la verticalidad propia de la masa.) Como siempre hay que contrastar y ponderar: la universalización propia del trabajo abstracto impone el fetichismo de la mercancía que hace, como decía Marx, que todo se disuelva en el aire. Pero es portadora de ese trabajo concreto –uno de sus nombres es “tecnología”–, que facilita que poblaciones enteras desaparezcan si se aprieta un botón, al mismo tiempo que alarga y mejora la vida, y pone a nuestra disposición medios culturales en una proporción hasta ahora desconocida. La crisis del Estado contemporáneo está ligada a la caída de ideales de paternidad; mas ¿quién puede reducir la nominación paterna a los ideales clásicos3? Que vacilen e incluso se hundan los ideales clásicos es condición para que cada cual se interrogue acerca de qué es tener o haber tenido un padre: la paternidad es la pregunta acerca de la paternidad y así en estos tiempos puede emerger en su mayor pureza, la forma de una interrogación sobre lo que significa haber recibido un nombre sin esencia impuesto por Otro cuya “oscura autoridad” puede percibirse en relieve en los liderazgos culturales, políticos y religiosos. Los camuflajes Estamos en pleno poslacanismo; y como ocurrió con Freud, los diversos lacanes se suceden y se bifurcan sin que la lectura de Lacan se haya producido. Leer un texto no quiere decir reproducir lo que dijo, sino leer en él lo que no dijo pero que le pertenece como su acción más propia. De esta forma los que renuncian a la castración por “anticuada” y obsoleta, o bien los que transforman a la teoría en una especie de topología empírica de lo real, o incluso los que transcriben los dichos como esos monjes medievales que copiaban con arabescos textos griegos que casi no entendían o no entendían en absoluto, están todos embarcados en una operación de desconocimiento que confirma que difundir la doctrina psicoanalítica es el mejor método para defenderse de sus efectos disruptivos. En psicoanálisis –no sólo en él, desde luego–, nada puede lograrse sin una reforma del lenguaje, reducido entre nosotros a una jerga cerrada, ripiosa, francamente insoportable. Los hay también (y ellos han florecido en los últimos años) que invocando un espíritu progresista han decidido ir más allá del malestar en la cultura. ¿Puedo decir que es ésta una acción de camuflaje destinada a ocultar lo que en El malestar en la cultura y en Psicología de las masas y análisis del yo molesta tanto a la izquierda como a la derecha4? Se quiere convertir al psicoanálisis en una suerte de politología general de la subjetividad contemporánea apelando a sociologías de entrecasa, mientras se desdeña la pertinente intervención que esos textos de Freud practican en el cuerpo de la política actual. Una vez más5, resumo tal alcance en tres proposiciones: A) El acuerdo político se funda, antes en la identificación que en el consentimiento, que no es sino su consecuencia. Identificación amorosa (y por lo tanto proclive al odio, el “amodio”, diría) con los ideales y valores encarnados por el líder por parte de sujetos que constituyen así una masa verticalizada, en tensión con la horizontalidad propia de la exigencia democrática. La evidencia masiva, cotidiana, de este proceso señalable en todos los órdenes, es desmentido sin cesar por aquellos que lo practican a la vista con el secretario administrativo, el jefe de despacho, el referente ideológico, el maestro o profesor universitario y así por estilo… B) No hay identificación con el líder sin una correlativa segregación de un objeto expulsado: los que aman con su Ego a su líder, los que participan de un mismo ideal, comparten un odio también en común que solidifica la estructura grupal6. Y esto es tan general que involucra a comunidades lingüísticas tanto como a grupos de edad y, por supuesto, a instituciones de clase. Los escolares se burlan del rengo al mismo tiempo que admiran al que mea más lejos; nadie sería jefe de lo que fuera sin señalar al execrado, al chivo emisario, al débil ante las exigencias del trabajo. No es por azar que la multitud se reúne bajo un balcón. Desde siempre, el teatro de la representación que une la tierra con el cielo… C) No hay psicología individual opuesta a la social, por la sencilla y desarmante razón de que toda psicología –algo apuntado explícitamente por Freud–, es por definición social. Hay, por supuesto, niveles de socialidad, pero siempre transindividuales. La relación clínica es singular y transindividual. Conforme a esta perspectiva, Lacan considera al malestar en la cultura, es decir a la neurosis, un discurso en todo el rigor del vocablo, y no una “enfermedad” en el sentido psiquiátrico del término. Es decir, la neurosis no es un desvío, un defecto de una supuesta normalidad, sino la normalidad que se cristaliza en la inhibición y se agrieta en el síntoma, allí donde queda de manifiesto, de un lado, el límite de la locura, y del otro, el sueño neurótico con acciones perversas que jamás cometerá o lo hará con inocultable decepción. (El perverso “auténtico” denuncia –y suele complacerse en ello– las vacilaciones y resguardos del perverso polimorfo.) Para decirlo de otra forma equivalente: el ámbito de experiencia que construye el psicoanálisis se articula en función de la demanda, concepto central y radicalmente intransitivo, ya que el neurótico demanda del Otro, como dice Lacan, que lo demande desear congruentemente y… ¿cómo se podría desear congruentemente? Quiero decir, ante tanto facilismo empírico y tanta demagogia política que sólo es fuego de artificio, porque nada resuelve, salvo la cuota diaria de buena conciencia –el fantasma de la disolución parece que apremia a tantos que se declaran “sensibles a lo social”: he ahí lo “nuevo”, esa novedad que termina por hacer del psicoanálisis una técnica psicológica balsámica–, digo, ante tanto facilismo, es preciso decir que el uso abusivo de ciertas expresiones, algunas puestas en circulación por el propio Lacan pero en otro contexto, como “la subjetividad de nuestra época”, las “nuevas subjetividades”, etc., etc., ocultan estratos enormes de confusión que jamás son desbrozados, porque todo el mundo parece creer con envidiable realismo nominal, que las expresiones van de suyo: digo “sujeto” y ya sé de qué se trata, pronuncio “subjetividad” y pasa lo mismo… En el fondo, se dice “sujeto” pero se significa, realmente sin saberlo, el yo de la psicología del Ego; se habla de multitud o de clase y se cree a pie juntillas en la existencia de sujetos colectivos sin que se detenga un momento, el que habla de tal cosa, a pensar que si existiera un sujeto colectivo entonces el Espíritu Santo podría reinar sobre la tierra… Lo peor… No sé qué pasará con el psicoanálisis en el futuro. A largo plazo, como se sabe y quizá por eso mismo hablamos como si fuéramos a estar para siempre, estaremos todos muertos… Pero ahora importa subrayar lo que nos carcome –no sólo a los analistas, por supuesto–. Cuando hablaba Lacan de la “subjetividad de la época” pensaba, antes que nada, en la segregación. Pero, ¿cómo podemos hablar de la segregación social si no la localizamos en nuestro propio campo? Quizá nos proclamemos –al menos una cantidad apreciable de nosotros– demócratas radicales y si se nos apura, anticapitalistas. Políticamente, el reclamo de igualdad de derechos no es recusable, mas justamente implica una colisión constante e insuperable con la transferencia y su desigualdad estructural. De esa tensión se alimenta la dinámica de las sociedades e instituciones en las que el Amo es amado y odiado y reivindicado y execrado, servilmente tomado como referencia ante la hostilidad del mundo, sin que la traición deje de ser el precio de la lealtad y el chivo emisario la garantía de nuestra pureza recobrada. ¿No es evidente que podemos aplicar esta rejilla a nuestras instituciones analíticas, aldeanas, urbanas o ridículamente mundiales? ¿No es evidente que nuestra ausencia de crítica y de capacidad para sostenernos entre tensiones que no admiten resolución –la transferencia nos resguarda pero también nos somete, no hay lectura sin amor al Amo, pero el mero amor al Amo nos ciega; es preciso que cíclicamente la transferencia caiga para respirar, pero allí siempre está presente la angustia que nos alienta a crear pero también nos desampara–, no es notorio que esta ausencia está a punto de convertir el análisis en una farsa? _____________ 1. Digo “ruido” adrede: el supuesto mensaje del Otro es siempre supuesto. Un mensaje interferido como el ruido interfiere la denominada comunicación. El sujeto tiene que recomponer en lo que oye aquello que escucha. 2. Melman, Charles, El hombre sin gravedad, UNR, Editora, Rosario, 2005. 3. El llamado “patriarcalismo” –empleo por comodidad el término usual que es absolutamente inadecuado, como suelen serlo los prejuicios más arraigados en la ignorancia empecinada– empezó a derrumbarse en la época de “La interpretación de los sueños”. Y sin ese derrumbe no podríamos habernos planteado la diferencia entre transferencia y sugestión. 4. Si la izquierda quiere tener algún porvenir que sea algo más que la protesta sin consecuencias, debe abandonar su optimismo profesional que nadie cree y sirve tan sólo para disimular la impotencia. La autogestión sin jerarquías es una herramienta para derribar jerarquías que luego vuelven por sus fueros. Desde luego, no todas las jerarquías son equivalentes, pero la disparidad subjetiva las impone. 5. Si fuera por mí no insistiría en algo que vengo diciendo desde hace años. Pero como el silencio suele acompañar lo que digo en el cuerpo del texto, vuelvo a la carga… 6. En honor a la brevedad expositiva simplifico las cosas; todas las masas están configuradas por formas variables de entrecruzamiento de liderazgos y de disputas por el poder, así como hay grietas que de tanto en tanto provocan cataclismos. |
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