miércoles, 20 de marzo de 2013

ALGUNOS SINTOMAS DEL AMOR EN EL CAPITALISMO Y EL AMOR DE TRANSFERENCIA por Estela Maidac


Malestares del amor en la época del neoliberalismo

 

 

ALGUNOS SINTOMAS DEL AMOR EN EL CAPITALISMO Y EL AMOR DE TRANSFERENCIA

 

                                   Estela Maidac

 

 

Una experiencia amorosa fallida está en los albores de lo que con Freud iba a ser el psicoanálisis.

Josef Breuer, exitoso médico vienés que contaba entre sus pacientes a famosos como Brams, Brucke y Brentano no tuvo dudas de que el amor de Bertha Papenheim se dirigía a él y para frenar su tentación a responder disfrazó la huida con un viaje que emprendió con su esposa Matilde. Envió a su paciente a la clínica de Binswanger para continuar el tratamiento a la usanza de la época en vez de seguir realizando la talking cure propuesta por la paciente, que dio a conocer como Anna O.

Escuchar hablar a sus síntomas, encontrar sus causas y con esto hacerlos desaparecer es lo que transmitió a su joven discípulo, Freud quien transformó esta herencia en el método analítico.

Entonces al comienzo fue el amor, el amor y el verbo anudados en el concepto de transferencia. Amor verdadero pero en una situación artificial y destinado a terminar.

En sus Lecciones introductorias al psicoanálisis Freud dice: “Al comienzo pudimos creer que el análisis tropezaba  con una perturbación provocada por un suceso accidental sin relación ninguna con el tratamiento propiamente dicho; pero cuando vemos reproducirse regularmente, en cada nuevo caso, este amor del enfermo hacia el médico y lo vemos manifestarse incluso en las condiciones más desfavorables…entonces nos vemos obligados a reconocer que se trata de un fenómeno que presenta las más íntimas relaciones con la naturaleza misma del estado patológico.

Este nuevo hecho, que tan a disgusto nos vemos obligados a aceptar, lo designamos con el nombre de “transferencia”. Llegando a afirmar que el descubrimiento de la transferencia ha confirmado definitivamente su convicción de que los síntomas constituyen satisfacciones libidinosas sustitutivas y que quienes no pueden hacer transferencia no pueden ser curados por el psicoanálisis porque: “Los argumentos que no tienen por corolario el hecho de emanar de personas amadas, no ejercen ni han ejercido jamás la menor influencia en la vida de la mayor parte de los humanos”” (1).

Siendo el amor insoslayable, lo incorporó a la cura como motor de la misma.

Freud nos presenta dos tipos de amor, el narcisista, para el que el partenaire encarna al ideal de lo que nos gustaría ser para que nos haga de espejo o lo que hubiéramos querido ser y nos haga de consuelo o lo que esperamos ser y nos haga de zanahoria. Siempre al borde del odio porque el otro nunca encaja en el ideal.

En Pulsiones y sus destinos dice que tomó un término de Bleuler, ambivalencia, en relación a una pulsión y su contrario hacia un mismo objeto y da tres oposiciones del amor: amar vs odiar; amar vs ser amado y el par amar-odiar vs indiferencia. Vemos que hay un entramado entre el amor y la pulsión.

El “amorodio” lo llama Lacan y llega a decir en Aún: “el más grande amor termina en odio”.

En La dirección de la cura, amor, odio e ignorancia son pasiones del ser, o sea, la dimensión de la falta en ser propia de los hablantes pero cuando plantee al final de su obra al inconciente con su cara real, el amor va a provenir ya no de la falta en ser sino de lo real del inconciente y se dirige al modo de cada quien de cohabitar con el inconciente y que no se puede formular en términos de significantes. Lo real propio del inconciente es la no relación sexual de la que el amor es suplencia. 

El otro amor que plantea Freud, es el anaclítico o de apoyatura en las funciones que hacen a la supervivencia. Lacan en el seminario De Otro al otro, donde el a perfora al A y lo descompleta, relaciona este amor anaclítico en el que el Otro tiene para dar, con el mecanismo perverso de poner tapón a la falta del Otro y así tenerlo de garante. El inconciente no tiene que ver con la supervivencia.

Otra cuestión que me parece fundamental en Freud para el tema del amor es su enojo en El malestar en la cultura en relación al mandamiento que ordena: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo”. Este mandamiento, incluso es anterior al Cristianismo. En Romanos 13-8-10 dice que quien ama al prójimo ha cumplido con la ley porque no mata, no roba, no comete adulterio, en fin resume a todos los mandamientos.

Freud lo considera injusto con los seres amados porque sería poner a su misma altura a los desconocidos. Dice: “Un amor que no elije pierde una parte de su propio valor, pues comete una injusticia con el objeto. Y además no todos los seres humanos son merecedores de amor” Por otra parte en el mismo texto da su diagnóstico de la condición humana que Lacan cita en La ética al hablar del amor al prójimo diciendo que podría pasar por un texto de Sade: “El hombre intenta satisfacer su necesidad de agresión a expensas de su prójimo, de explotar su trabajo sin compensación, de utilizarlo sexualmente sin su consentimiento, de apropiarse de sus bienes, de humillarlo, de inflingirle sufrimientos, de martirizarlo y de matarlo”.

Lacan dice que Freud se detiene horrorizado ante este mandamiento porque lo que surge es “esa maldad fundamental que habita en ese prójimo. Pero, por lo tanto, habita en mí…ese núcleo de mi mismo que es el del goce al que no oso aproximarme”. Y más adelante: “el goce de mi prójimo, su goce nocivo, su goce maligno, es lo que se me propone como el verdadero problema para mi amor”.

Lacan en el seminario sobre la transferencia va a llamar a la transferencia “el corazón de nuestra experiencia”, por lo tanto la estrategia  fundamental en la dirección de la cura.

Va a abrevar en el Banquete de Platón la sabiduría socrática que a diferencia de Breuer supo que no era a él sino a Agatón, a quien dirigía Alcibíades su declaración amorosa.

Platón también nos recuerda que para el mito griego el Amor es hijo del Recurso y la Pobreza, o sea, producto del tener y de la falta.

Cierra este seminario dedicado a la transferencia con que: “Lo que Sócrates sabe y el analista debe al menos entrever, es que en el plano de a minúscula (ya está entreviendo la función de lo que va a ser el objeto a) la cuestión es muy distinta de la del acceso a ningún ideal”.

En un trabajo sobre “El amor intellectualis a Dios en Spinoza y el amor en el final del análisis” digo:

“Lacan marca como esencial la diferencia entre dos posiciones: la del amante y la del amado, “erastés” y “erómenos”. Posiciones no simétricas, el analizante busca que el analista sepa y el analista busca que el analizante diga alguna verdad sobre su goce. Ofrecer la escucha abre al decir porque si bien el sujeto supuesto saber es un hecho de estructura, en este caso se instaura y se trabaja en el dispositivo.

En el seminario once Lacan anuda amor y saber. El amor a Dios es el amor al Padre, en cambio en Spinoza el amor a Dios, sin límite y sin reciprocidad, lleva a la imposibilidad de la relación porque no tiene representación. Cuando el hombre no puede imaginarse la causa primera inventa a Dios.

El Amor intectuallis es vaciamiento del Otro a diferencia del amor al Padre que es sacrificial.

La experiencia de eternidad la da el amor a Dios. No es trascendencia sino que está fuera del tiempo cronológico. Amor y conocimiento van juntos y se construyen en el trabajo de cada hombre porque aunque haya eternidad no hay inmortalidad. No se puede esperar el amor de Dios ya que es pura alteridad.”(2)

Al amor de transferencia se le pone en cruz la función del deseo del analista caracterizado por ir más allá de la identificación, punto ideal situado en el Otro desde donde el sujeto se ve amable o lo contrario. Este deseo busca la máxima distancia entre este ideal y el objeto a, punto donde el sujeto es causado como carencia.

El amor al Padre es la neurosis obsesiva, modelo de neurosis, para no ser sacrificial tiene que llegar a la escritura de la falta en el Otro que da por resultado: “Dios es inconciente”, trabajo analítico mediante.

Es este amor más allá de la ley pero no sin ella el que hace condescender el goce al deseo.

Amor sostenido por el agujero deseante, imposible de taponar porque  tiene la castración como condición ya que el amante pone en el amado aquello que  le falta.

El amor no solo arma lazo simbólico imaginario con el otro sino que, repito, hace condescender el goce al deseo.


 

Voy a presentar dos viñetas clínicas que hablan de modalidades del malestar en el amor propias del capitalismo: la violencia desatada por las adicciones en una y de los recursos tecnológicos como condición erótica, en la otra.

Antes algo acerca del discurso capitalista. Lacan afirma en “El saber del psicoanalista”: “Lo que distingue al discurso capitalista es esto: La Verwerfung, el rechazo, el rechazo fuera de todos los campos de lo simbólico, tiene como consecuencia el rechazo de qué?, de la castración. Todo orden,  todo discurso que se entronca en el capitalismo, deja de lado simplemente las cosas del amor. Dos siglos después de este deslizamiento llamémosle calvinista, la castración hizo finalmente su entrada abrupta  bajo la forma del discurso analítico. ..”

Hay discursos porque no hay relación sexual y son productores de lazo social con diferentes modalidades según qué este ocupando el lugar del agente, el Otro, la producción y la verdad. Los que van a ocupar estos lugares son: los significantes amos o S1, el saber o S2, el objeto a y el sujeto barrado.

Está puesto en cuestión que el capitalista sea un verdadero discurso ya que vamos a ver diferencias fundamentales con los discursos: amo, histérico, universitario y del analista.

Dice Cintia Ini: “Los discursos justamente son respuestas del lazo social  frente a la pérdida de goce efecto de lenguaje ,  son la manera de ordenarse frente a esa imposibilidad de goce sin resto, respondiendo a ella  según el discurso pero, ninguno de ellos es completo, cada uno encuentra el punto de impasse que produce  giro de discurso, componiendo esa trama de  cuatro discursos  necesaria para el lazo social, entonces lazo social o discurso implican barrera al goce, el goce no puede darse sin un rodeo “bajo la escala invertida del deseo” esto es lo que sostiene el lazo y al mismo tiempo impulsa su movimiento.

El plus-de-goce es lo que cae del goce en la constitución del sujeto dividido $ entre S1 y S2, a, es el resto y al mismo tiempo puede tornarse en causa de deseo

Veamos lo que sucede en el así llamado discurso capitalista desde la alteración que su matema  indica .

 

$          S2

_____    ___

S1          a

 

Una simple inversión de letras ( entre S1 y $) rompe el carácter discursivo de esta estructura,  ya que trastoca la secuencia en que  hacían cadena S1 y S2  que de algún modo representan los efectos de lenguaje con su pérdida de goce concomitante, hay una propiedad esencial al discurso, que no se cumple .

Otra de las cuestiones  que se desvirtúa y  pervierte  es  la relación al objeto y a su producción, la misma desbarranca en un desfiladero en que  el objeto se degrada a nivel de mercancía, esto implica un borramiento de  las marcas singulares del objeto,   carcasa vaciada de  marca subjetiva, pura equivalencia.

El sujeto aquí no es producto de su división entre S1 y S2, ni el objeto  resto de esa operación.

Pensaba al objeto de este discurso como pendiendo anómalo de un saber S2 que ha perdido su ligazón con el agente, lo cual anula  la imposibilidad que se da en la línea superior , entre sujeto $ y saber S2 están rotos los lazos,  Desde el vector diagonal que sube de S1 a S2, el saber es comandado por S1 como imperativo en el lugar de la verdad, la única verdad que es la de la necesidad de producir más ganancia, acumulación sin tope, el S1 funciona como rector de esa verdad, y el  saber estaría ligado a  la técnica y la ciencia tomados por el mercado .

La barrera que en todo discurso hay entre verdad y producción y que hace a la impotencia en el piso inferior, queda sin efecto.

Por esta alteración se da entonces una coalescencia entre S1 y a, El S1 se superpone al a,  fetichizándolo. Goce universalizado.” (3)

El discurso capitalista opera en contra del amor porque produce infinitos objetos para el goce de cada quien y esto opera en contra del lazo social. Exacerbar el individualismo genera el borramiento del otro en cuanto tal y lo transforma en un objeto más para la propia satisfacción generando mayor insatisfacción y compulsión al cambio.

No hay un modelo social del amor, los rituales de iniciación casi están perdidos y esto acerca más a lo perverso de la pulsión habilitando un todo vale.

Hay un ejemplo en la historia de la creación de un arte de amar modelo de sublimación que fue el Amor Cortes. La Dama inaccesible era una organización significante que bordea el vacío de la Cosa. Con su poética creían dar las reglas de la no relación sexual cuando ésta en realidad, es de estructura.

En un trabajo sobre la mujer en el tango dije, comparándola con el Amor Cortés que la literatura del tango es una erótica desgraciada en la que se le echa la culpa a la mujer de esta imposibilidad.

La definición que da Freud de la condición humana a principios del siglo pasado, con el neoliberalismo,  es puesta en acto, ya no solo como nudo subjetivo sino desde la estructura social. No digo cultura porque ésta preserva la vida y el accionar de multinacionales valiéndose de la ciencia y de la técnica no la tiene en cuenta en su afán de ganancias.

Finalmente quisiera diferenciar el inconciente de la subjetividad de la época positivada por Jorge Aleman de esta forma: “A diferencia del sujeto moderno, diferenciado en sus fronteras jurídicas, religiosas, institucionales, etc., el sujeto neoliberal se homogeneiza, se unifica como sujeto “emprendedor”, entregado al máximo rendimiento y competencia, como un empresario de sí mismo…a punto de fracasar a cada paso. El stress, el ataque de pánico, la depresión, la “corrosión del carácter”, lo precario, lo líquido y fluido, etc., constituyen  el medio en que el sujeto neoliberal ejerce su propio desconocimiento de sí…”(4) En estos síntomas escuchamos al inconciente y tenemos la posibilidad de operar.

Si Agamben plantea que el hombre actual ha perdido la experiencia, pienso que la experiencia del análisis es recuperarla al estar advertidos del inconciente como verdadero motor de nuestros actos.

La clausura del amor genera violencia porque el objeto no está simbolizado.

 

Viñetas

Una paciente llega al análisis porque siente que vivió una experiencia de la que no logra separarse. Luego de dos años de noviazgo deciden ir a vivir juntos. Al poco tiempo ella propone tener un gatito. El empieza a negarse. Las peleas van en crescendo hasta que ella habla de separarse. Cuando llega esa noche del trabajo él no está en la casa como es habitual. Ella lo espera un tiempo hasta que cansada ya que trabaja hasta muy tarde decide acostarse. La despiertan los golpes que el empieza a propinarle. La arrastra por la casa agarrándola del pelo. Ella siente que va a matarla. Se le sube encima y la golpea. Hasta que en un momento el joven llama a su madre llorando y le dice que ella quiere dejarlo. La muchacha aprovecha para tomar su cartera y salir corriendo. Deja trabado el ascensor, sale corriendo a la calle, logra subir a un taxi y llegar a casa de una amiga. Son las tres de la madrugada.

Al día siguiente su padre la acompaña a hacer la denuncia. El recibe la orden de no acercarse. Ella vuelve a casa de su madre. Su padre vive con otra mujer con la que acaba de tener el segundo hijo. Pasan unos  meses y ella no puede olvidar la escena. No duerme y si lo  hace se despierta con pesadillas. A varios meses de haber comenzado el análisis empieza a hablar de que él se drogaba y tenía la tendencia a no poder parar de discutir. Ella había fumado marihuana cuando estaba en un grupo pero había dejado hace unos años. En el análisis se está encontrando con sus negaciones y que ella participó en el armado de una relación en la que no entraba un tercero, ni aunque fuera un gato, mamífero.

Esa noche pudo haber sido la última de su vida. Una más de las mujeres muertas por la violencia.

Cuando era jovencita mi mamá me amenazaba con que me iba a pasar lo que le pasó a la Penjerec, una joven que fue asesinada. Durante años fue el único caso que podía usar para amenazarme.

El año pasado se registraron 255 femicidios, 6 de cada 10 asesinadas por sus parejas o ex. Habían hecho la denuncia 34 casos. Hemos escuchado hace poco, no sin espanto que una joven contrajo matrimonio con el presunto asesino de su hermana gemela. En vez de arroz, recibieron piedrazos.

Que no trabajemos con estadísticas o generalizaciones no quiere decir que no podamos leer el malestar que produce nuestra civilización.

No podemos no tener en cuenta que una característica de la sociedad capitalista es la violencia de todo tipo expresada entre otras en la explotación laboral y trata para el comercio sexual hasta de niños. Podemos explicarlo sociologicamente por el afán de ganancia pero también se expresa en una violencia por la violencia misma, casi sin ningún objetivo. Como analistas tenemos un concepto para pensarla que es el predominio de la pulsion  de muerte.

 

 

Otra paciente se reencuentra con su primer amor de los quince años quien vive actualmente en el exterior y se dedica al cine. Ella llega al análisis porque luego de varios años de convivencia decide una separación en condiciones muy dolorosas. Casi anoréxica, insomne, con dificultades para ir trabajar siendo éste su único medio de vida y sintiendo que el amor estaba clausurado para ella.

Estuvo diez años recibiendo hermosos regalos a la espera de un hijo que él no quería tener. Ya tenía una hija de un matrimonio que no había disuelto legalmente. Le llevaba quince años a la paciente y ésta fue testigo de varias infidelidades.

A medida que va saliendo del duelo tiene algunos encuentros que no llegan a nada. El rencuentro con este joven que la remite a aquel primer amor que quedó fallido porque tras un breve encuentro, él se quedó con otra, en el viaje de egresados. Ella pone muchas expectativas en este encuentro. El deseo inconciente es indestructible, decía Freud.

El regresa a España. Le propone tener prácticas sexuales a través de la cámara. A los meses regresa y ella espera que lo primero que haga sea llamarla. Pasan los días, la llama, se encuentran muy pocas veces y según las posibilidades de él. Vuelve a partir y otra vez propuestas apasionadas, vía cámara. Al regreso se repite que la llama para decirle que está muy ocupado y solo se ven una vez durante su estadía.

Ella entiende que la propuesta es a la distancia y mediante la cámara, a pura imagen.

Esta vez le llevó seis meses hacer el corte. A los cuarenta años pesa la diferencia de entre diez años y seis meses, sobre todo en sus fantasías de tener un hijo.

Trabajo analítico mediante, apoyada en la transferencia, se empezó a correr de la posición de ser sostén de un padre caído y empezó a dejar de esperar gestos y palabras cariñosas de una madre distante que les retira la palabra por semanas cuando algo le cae mal. A ella la había coagulado en tres significantes: mala, hermosa y brillante, que la condenaban a la soledad, a diferencia de sus hermanos que por ser tontos e inútiles necesitaban más de otros.

Hace casi un año la paciente está embarcada en una relación amorosa de características bastante diferentes a las anteriores. Ha logrado poner algún coto a su padecimiento neurótico.

“El análisis no cura de la neurosis sino que construye un camino para que cada uno identifique los síntomas que lo hacen padecer reduciéndolos a su síntoma irreductible, ese real que cada uno es y con esto reduce el goce en tanto mandato superyoico que condena al sujeto al sufrimiento”. (5) 

 

 

 

 

(1) Obras completas. Traduce. López Ballesteros. T II, Lec XXVII, La transferencia, p.2391

(2) Télema, Ed. Nobuko 2010 Daniel Kordon y Graciela G. Rossi compiladores.

(3) Ini, Cintia, El discurso capitalista, alteración de la lógica discursiva.

(4) Aleman, Jorge, Página Doce, contratapa jueves 14 de marzo de 2013

(5) Toro, Cristina, conversaciones.

miércoles, 21 de noviembre de 2012

La brecha del Tiempo por Luis Vicente Miguelez





La brecha del Tiempo

La valoración de la experiencia está desapareciendo de nuestra cultura. Giorgio Agamben, en su libro “Infancia e historia” que precisamente lleva por subtitulo “Ensayo sobre la destrucción de la experiencia”, plantea que su ocaso constituye un rasgo característico de nuestra época.
“Actualmente ya nadie parece disponer de autoridad suficiente para garantizar una experiencia, y si dispone de ella ni siquiera es rozado por la idea de basar en una experiencia el fundamento de su propia autoridad, por el contrario lo que caracteriza al tiempo presente es que toda autoridad se funda en lo inexperimentable y nadie podría aceptar como valida una autoridad cuyo único título de legitimación fuese una experiencia. Y continúa Agamben diciendo más adelante “…la humanidad ha perdido la experiencia, lo cual no significa que hoy ya no existen experiencias pero estas se efectúan fuera del hombre.”
El psicoanálisis, por el contrario, recupera la experiencia para la vida y la coloca en el centro de su praxis.
La repetición rutinaria, la banalidad de lo cotidiano, destruye toda nueva experiencia. Efectivamente, como señalaba Agambem, esto no quiere decir que las experiencias no ocurran sino que no nos apropiamos de ellas y quedamos tomados por la monotonía de la reproducción de lo mismo o por la contracara de la misma moneda, la vorágine  de la persecución de lo novedoso.
La ciencia contemporánea ha contribuido también a dar por tierra con la experiencia como fundamento del conocer y, en el camino de la exaltación del conocimiento puro, la convierte en experimento. Transformada de la mano del pensamiento científico en experimento o en “caso”, deja de referirse a sujetos reales y pierde su carácter temporal y singular.
Ahora bien, aunque se la minimice, por menos crédito que el mundo contemporáneo le dé,  es condición inaugural de lo propiamente humano.
En tanto que el hombre no habla desde siempre, tiene que entrar en el lenguaje y debe, como bien indica Agamben,  hacer la experiencia esencial de apropiarse de la  lengua.
Cada vez que alguien dice yo pone al descubierto la escisión entre el lenguaje como provisión de signos, cúmulo semiótico y como habla. La posición constitutiva del ser humano no es tanto que  hable sino que no hable desde siempre, es decir, que deba introducirse en la lengua, apropiarse del habla, para lo cual tendrá que tomar la palabra que le viene inauguralmente del Otro[1], y hacerla propia. Deberá paradojalmente crear lo que le es dado[2], o en el sentido que da Freud a las palabras del poeta, deberá apropiarse de lo que ha heredado para hacerlo suyo.
Cada vez que se toma auténticamente la palabra, se produce un acontecimiento, un acto de enunciación, un pasaje donde el decir se abre paso entre lo dicho, verdadera experiencia realizadora de subjetividad.
En el análisis el paciente habla de lo que le sucede, de lo que anhela, de lo que padece, también su callar, si se está atento a ello, es un modo de decir. Es pertinente para el analista, hacerse la siguiente pregunta: desde qué lugar y desde qué tiempo el sujeto habla.
La interpretación psicoanalítica reconstruye en primer término las coordenadas de tiempo y espacio donde situar la enunciación. En ese sentido, la experiencia del psicoanálisis recobra memorias y convierte la secuencia transitoria del relato en un acontecer histórico.
La construcción en análisis es la interpretación que otorga nuevo lugar y provee de temporalidad a los acontecimientos fundamentales de la vida de un sujeto, posibilitando su implicación en los mismos.
La experiencia del análisis produce en la linealidad temporal y homogénea  que uniforma una vida, brechas, cortes que transforman al tiempo en algo pleno y real. Modifica la concepción habitual que se tiene de lo temporal, esto es, como cinta deslizante a la que se está montado y medida universal de lo que acontece. La brecha imprime en el tiempo otra consistencia, lo constituye como sitio, territorio posible en el cual un sujeto se puede reconocer en tanto sujeto de enunciación[3]: tiempo desde el que habla, tiempo apropiado. Propicia, entonces, la construcción de una verdadera temporalidad histórica.
Denomino a este hecho con el término  brecha para subrayar su naturaleza de ruptura, de irrupción sobre la linealidad y el continuum temporal. Brecha en tanto lugar donde puede habitar un sujeto.
Nietzsche expresa, en los términos de su pensar, que el superhombre es quien pueda hacer del así fue, un así lo quise. Elevarse por medio de la voluntad por encima de la corriente fugaz de los hechos: el pasado que no depende de nuestra decisión tiene sólo el efecto de vaciar de sentido al presente.  Si para la praxis psicoanalítica el pasado no queda clausurado por lo que ya fue, es porque hace de la historia el modo particular en que cada uno “decide” [4] tomar lugar.
Rememorar el pasado, entenderlo, conjeturar sobre el por qué de las cosas es seguramente una práctica de investigación y de conocimiento histórico, pero tiene escaso efecto de cura analítica. La apuesta que hace la práctica psicoanalítica es la de que no hay clausura de lo que ya fue, de lo que ha acontecido sino por el contrario concibe al pasado en tanto experiencia viva, donde el sujeto puede tomar aún lugar al decidir en consecuencia. Construir el pasado no es tanto recordar sino poder elegir una de las múltiples direcciones posibles que se habilitan en el momento en que el sujeto logra tomar nuevamente la palabra, y a su vez la contingencia de habitar un presente que no esté determinado absolutamente por lo que ya fue[5]. 
Sin embargo lo que vivenciamos cotidianamente es que el pasado acompaña como una sombra al presente, pero paradojalmente sin haber sido nunca a su vez actual. Esto es efecto de que la temporalidad subjetiva está condicionada por el anudamiento pulsional. Como consecuencia de que el objeto de la pulsión se recrea como perdido en cada nuevo hallazgo, viene a infiltrarse en nuestra representación temporal una especie de nostalgia por el pasado. La temporalidad que nos constituye se expresa bien en  dos concepciones freudianas: hallar el objeto es volver a encontrarlo, la realidad es lo pasible de ser reencontrado. 
La sensación subjetiva de pasado indefinido que acompaña al suceder actual responde  a esta lógica del reencuentro. El acontecimiento presente pareciera manifestarse acompañado de una forma de anterioridad, de lo que ya fue, aún sin haberlo sido.
Esta connotación del pasado sobre el presente la hallamos expresada en su forma extrema en el fenómeno de déjà vu. En éste el sujeto percibe que lo que está viviendo es idéntico a algo que ya ha vivido. Si bien no logra situarlo  temporalmente, es decir, no puede reconocer exactamente cuándo ocurrió,  tiene la certeza de que lo que está viviendo es la repetición de algo que ya pasó. El tiempo en el que se sitúa el fenómeno de déjà vu es el del pasado indefinido. Un sujeto dirá no sin cierta turbación “viví algo idéntico a esto”,  “esto me ocurrió antes pero no sé  cuando”.
La explicación que Henri Bergson da del fenómeno de déjà vu en un articulo que se titula “El recuerdo del presente y el falso reconocimiento” aporta elementos de sumo interés para el psicoanálisis. El título “recuerdo del presente” es de por sí un oxímoron, invita a reflexionar sobre una situación paradojal que se presenta respecto a la memoria.
Para Bergson el fenómeno de déjà vu  revelaría con la lente de aumento de una suerte de psicopatología de la vida cotidiana el funcionamiento de la percepción y de la memoria. Postula que la percepción y la memoria comparten con el fenómeno de déjà vu una condición fundamental que, sin embargo, permanece oculta a un análisis superficial del mismo: la inscripción del recuerdo coincidiría temporalmente con el momento de la percepción. Considera erróneo suponer que recién cuando lo percibido no ocupa nuestra percepción se lo retendría como recuerdo, portando entonces un índice de pasado. Por el contrario, propone que es en simultaneo con la percepción que se abren dos direcciones paralelas y conjuntas, una, la percepción actual propiamente dicha y otra la inscripción de lo percibido como recuerdo. Por lo tanto toda percepción porta en el mismo momento de registrarse el signo del pasado, de un pasado indefinido, de un “ha sido” que se inscribe en bajorrelieve como pasado general.
Todo momento de nuestra vida –manifiesta Bergson – ofrece, pues, dos aspectos: es actual y virtual, percepción de un lado y recuerdo de otro. Se escinde al mismo tiempo que se opone. Lo que se desdobla a cada instante en percepción y recuerdo es la totalidad de lo que vemos, oímos o experimentamos, todo lo que somos con todo lo que nos rodea”.
Retomando la noción freudiana de primera experiencia de satisfacción, nos encontramos a partir de esta lógica con que en ella se inscribe la idea de un tiempo anterior, no pudiendo afirmarse que ella  sea efectivamente la primera experiencia  a la cual las siguientes remiten, sino que con ella se registra un  ya ha sido de ella misma.
En concordancia con esto, a la primera experiencia de satisfacción no deberíamos entenderla como una medida inaugural para las subsiguientes, sino que, ella misma estaría marcada por una remisión a un pasado de sí misma - resultante de la inscripción simultánea de la experiencia como percepción y como recuerdo ­– y, por consiguiente, constituiría el punto de partida como un real ya perdido.
Bergson, en ese mismo artículo, presenta al futuro como un recuerdo del porvenir. Dice textualmente: “¿No anticipamos en cada momento algo del momento siguiente?” “Este instante que va a venir está ya invadido por el instante presente; el contenido del primero es inseparable del contenido del segundo, si el uno es a no dudarlo un recomenzar de mi pasado, ¿cómo el instante por llegar no lo seria igualmente?”
“Así me encuentro sin cesar, frente a lo que está a punto de llegar, en la actitud de una persona que reconocerá y que por consiguiente conoce. Como yo no puedo predecir lo que va a suceder, veo que no lo sé, pero preveo que voy a haberlo sabido, en el sentido de que lo reconoceré cuando lo perciba, colocándome – concluye Bergson -  en la extraña situación de una persona que siente conocer lo que sabe que ignora.”.
Si en el momento presente anticipo algo del futuro, éste adquiere la modalidad que tiene el presente. ¿Cuál es la modalidad que tiene el presente?, que se inscribe ya como recuerdo. Por consiguiente, una anticipación del porvenir se convierte en un recuerdo del futuro, se configura como futuro anterior.
El “lo habré sabido” remite al futuro de un pasado, como si ya se hubiese realizado ese futuro. El sujeto pareciera desdoblarse en un narrador que, situándose temporalmente en el futuro, cuenta algo que aún no le ha pasado al personaje pero que el narrador ya sabe que le pasó.
Coincidentemente, se considera que el fenómeno de déjà vu  es acompañado por una sensación de extrañamiento, por una vivencia de desdoblamiento del sujeto, como si fuera espectador de lo que está viviendo. También  durante su ocurrencia ciertas palabras familiares se le vuelven extrañas, y quien lo experimenta tiene la sensación de que fueron dichas con anterioridad, adquiriendo una connotación de rareza. Esta característica que acompaña al fenómeno da la pista que, a mi entender, permitirá ofrecer  una explicación al por qué de la concurrencia simultanea de la percepción y el recuerdo.
Es necesario evocar al respecto, que toda palabra tiene una función de uso y otra de mención. Se usa la palabra y al mismo tiempo se puede hacer mención de ella y referirla al código.
Uno puede estar usando una palabra y de pronto detenerse y ponerla entre comillas. Hacer una mención es ponerla en relación con el tesoro de la lengua, con la dimensión sincrónica del lenguaje.
Una palabra puede ser sacada de la dimensión de uso y pasar al de mención en una misma frase, pero si esto se da simultáneamente se produciría una situación parecida a la del recuerdo del presente.
En este sentido, ese antes no fechable que se genera en toda percepción, puesto a cielo abierto por el fenómeno de déjà vu, es efecto de la lengua preexistente en el habla. Es lo ya dicho como enunciado potencial de la lengua, es lo percibido que en tanto pasa por la grilla de la significación encuentra en la condición misma del lenguaje humano el hecho de que éste remite al “entonces” de la lengua. Habría, por consiguiente, una potencialidad que precede todo acto perceptivo.
Agamben definía la experiencia en general como la manera de hacer de ese entonces de la lengua un estado actual y propio: la experiencia como la manera particular en que alguien al tomar la palabra se inscribe en ese entonces que es la lengua.
Cualquier representación está acompañada pues, de un antes sin fecha, es el efecto nostálgico que se le adhiere. Proviene de la circunstancia de que la lengua anticipa lógicamente al habla. Como si viviéramos sin saberlo en un  déjà vu eterno, la sensación que nos produce es la de que no hay nada nuevo bajo el sol. Habitamos una reducida historia. No tan ajena a lo que los antropólogos, refiriéndose a los pueblos “primitivos”, han denominado sociedades frías, que mediante ritos transforman los acontecimientos en estructura eterna. Producimos historia en tanto haya lugar para nuevas experiencias, aquello que se resiste a que la vida se reduzca siempre a ser un recuerdo del presente.
La experiencia del análisis resiste ese efecto estructural de convertir instantáneamente lo nuevo y diferente en un ya ha sido, a disolver el decir en lo ya dicho. Si el presente queda reducido a lo que ya fue, si el futuro remite a un habrá sido, ya nada vale la pena, como diría Nietzsche. En un futuro establecido por ese devenir no hay lugar para el asombro.
Cuando la palabra refiere, siempre es remisión al pasado, pero también la palabra tiene efecto de realización, lo que los lingüistas denominan el aspecto performativo[6] del habla. El efecto realizativo o performativo que adquiere la palabra en la interpretación analítica impide el eterno retorno de lo mismo: inaugura una posibilidad para lo nuevo como apuesta, como asombro. El acto psicoanalítico da cabida a lo ignorado en la historia personal,  da lugar a una experiencia  que posibilita un movimiento diferente al déjà vu.  El dispositivo del psicoanálisis - dicho esto en términos generales- procura conformar un espacio donde se pueda jugar algo del orden de la decisión, de la palabra en su forma de enunciación realizativa.
No obstante, también se puede imaginar un análisis enfermante, que al pretender aferrarse a una determinación cerrada y reiterativa, un volver constantemente sobre lo que ya ha sido, no produciría ningún acto, no posibilitaría ningún corte, ninguna brecha en la reproducción de lo mismo.
El acto analítico eficaz, por el contrario, es el que consigue producir un corte en esa temporalidad inapelable, posibilitando la oportunidad de que el sujeto pueda, tal vez por primera vez, apropiarse de su experiencia.
Luis Vicente Miguelez
Capítulo 1° del libro Astillas en el tiempo, Editorial Letra Viva 2010

Referencias bibliográficas
 G. Agamben, Infancia e historia. Ensayo sobre la destrucción de la experiencia. Editorial Adriana Hidalgo, 2001
H. Bergson, La energía espiritual. Ensayos y conferencias. Editorial Claudio García & Cia, Montevideo, 1945
S. Freud, La negación. Obras completas, tomo III. Biblioteca Nueva Editorial Madrid, 1968
S. Freud, Una teoría sexual, Obras completas, tomo I. Biblioteca Nueva Editorial Madrid, 1967
F. Nietzsche, La genealogía de la moral. Alianza Editorial Madrid, 1980



[1] Otro como tesoro significante y como auxilio primordial ante la indefensión del ser. Deberá el infans encontrar las mediaciones adecuadas – aquellos otros – con los cuales hacer la experiencia real de habitar una lengua.
[2] Feliz expresión de Winnicott para referirse al vínculo con el objeto transicional, primera posesión del sujeto.
[3] Movimiento fulgurante entre el decir y lo dicho
[4] Decisión que no atribuyo a la voluntad sino al trabajo elaborativo que propicia el análisis y que es mayormente inconsciente
[5] Acción que permite distinguir nostalgia de melancolía.
[6] La lingüística contemporánea considera enunciados performativos  a aquellos que llevan a cabo actos mediante su  sola enunciación. A diferencia de los enunciados descriptivos no hablan sobre las cosas sino que, según la feliz expresión de Austin, hacen cosas con las palabras. Utilizo el término pues considero que la interpretación psicoanalítica, más que predicar sobre lo sucedido, constituye un verdadero acto de palabra.